viernes, 15 de agosto de 2008

La agonía del héroe


La brisa que refrescaba la calurosa noche estival le alborotaba un tanto la pequeña melena, pero a él eso no le importaba. Es más, su aspecto físico, en aquellos momentos, era la menor de sus preocupaciones. Aquella suave y húmeda brisa que emanaba del Egeo le parecía una caricia que la diosa Atenea le dedicaba para consolarlo de alguna manera en aquel durísimo trance en el que se encontraba. No sólo el, sino el resto de sus conciudadanos atenienses. Pero él, el gran y ambicioso Temístocles, el hijo de Neocles, además de ateniense, era el comandante supremo de la confederación de ciudades de la Hélade. Y sobre sus hombros recaía la pesada carga del liderazgo de sus compatriotas en la lucha feroz, a vida o muerte, contra el invasor medo. Y eso le hacía aún más profunda la herida que la visión que en ese preciso instante contemplaba desde aquel apartado peñasco de la bahía nororiental de Salamina fuese más aguda, más sangrante, más insoportable.

Delante de él, en la otra orilla de aquel angosto paso de mar entre Salamina y el Ática, se abría una visión terrorífica. Con toda claridad y cercanía se podían apreciar incluso los detalles del humillante espectáculo: Atenas, la joven democracia ática, el faro de Grecia, estaba siendo devastada por las hordas del ejército persa. Los soldados del gigantesco y pavoroso ejército del Gran Rey se entregaban al saqueo y la destrucción con avidez y despecho. Rencoroso despecho. Los templos sagrados, la acrópolis, eran expoliados con saña, reducidos a polvo y llamas. Atenas, la gran ciudad que había derrotado gloriosamente al inconmensurable Imperio Persa años atrás en Maratón, estaba siendo borrada de la faz de la tierra, sin misericordia, sin perdón, por la iracunda mano de Jerjes II.

Una terrible angustia oprimía el pecho del gran Temístocles. Ira, vergüenza, cólera, humillación y tristeza se mezclaban en su alma. Aún en la oscuridad se podían vislumbrar, gracias a los tenues halos de luz procedentes de la acrópolis ateniense en llamas, a cientos de compatriotas que, como él, se asomaban entre las rocas de la costa de Salamina para asistir a la bochornosa destrucción de su patria. Y esto lo laceraba aún más, porque él, Temístocles, había obligado a sus conciudadanos a abandonar sus casas, sus campos, sus talleres y sus templos, para ponerlos a salvo en la isla vecina. Él, como autoridad máxima en la ciudad, había asumido en sus hombros la monumental responsabilidad de la salvación de su patria. Ahora, aquellos atenienses que al día siguiente lucharían por su supervivencia en las aguas que servían de espejo de la masacre adyacente, contemplaban cómo sus hogares, las tumbas de sus ancestros, los templos donde rezaban, los teatros en los que se divertían y emocionaban, en definitiva, el lugar donde habían nacido y muerto sus padres y ellos mismos, era asolado por la horda asiática que anhelaba la destrucción completa de la Hélade.

Temístocles pensó para sí que ahora todos eran conscientes de que, por primera vez en su Historia, la patria no era ni la tierra ni las rocas de Atenas, ni sus campos, ni sus puertos, ni sus calles ni sus ágoras. La patria, en aquellos cruciales momentos, residía en las personas, porque, literalmente, en ellos pervivía la llama de una ciudad que estaba siendo aniquilada. Y esto lo llenó de orgullo y de decisión: sus compatriotas, sus amigos, sus familiares, sabían que en el día que se acercaba lucharían a vida o muerte, a una sola carta. La supervivencia o la extinción. Pero, ¿qué sentían allí, aquella noche, aquellos hombres que no sabrían si verían el atardecer del día siguiente? ¿qué sentían al ver su hogar, el sitio donde habían pasado toda su vida, donde habían nacido, donde se habían criado, donde habían sufrido y gozado, donde se habían enamorado, donde habían perdido y donde habían ganado? ¿qué sentían al ver que la tierra donde sus padres dormían el sueño eterno estaba siendo anegada por el odio y la sangre de los monstruosos invasores? Temístocles lloraba, de pena, pero también en su estómago se abría el hormigueo habitual cuando uno se enfrenta de repente al vacío, sin red, y tiene que saltar sobre el abismo sin adivinar dónde está el otro lado.

¿Y si perdían? Temístocles, y con él Atenas entera, se lo habían jugado todo a la batalla naval con las fuerzas de Jerjes, infinitas en número pero que afrontarían la pelea en el estrecho brazo de mar que separaba Salamina del Ática, donde la inferioridad numérica de los griegos era suplida por su pericia y por el arrojo de unos hombres sabedores que luchaban por su vida. Era vencer o era morir. Y todo el peso recaía en él, en un solo hombre, en el más valiente, el más decidido y el más audaz de los atenienses. Pero incluso aquella noche, el hijo de Neocles dudaba, y sufría.

Aunque fuera difícil abstraerse del drama que se representaba ante sus ojos, Temístocles sabía que no sólo la supervivencia de Atenas danzaba sobre el filo de una espada. La imparable marea procedente de Asia que era el Imperio de Jerjes no pararía hasta subyugar a la Hélade entera, y si caía el Ática, con Atenas a la cabeza, el Peloponeso sucumbiría, tarde o temprano. A pesar de la irreductible Esparta y sus míticos guerreros invencibles. Y tras la Hélade, caería Occidente, eso lo tenía muy claro. Sus costumbres, su religión, sus dioses, sus tradiciones, su lengua, su sistema de leyes y vida, y en definitiva, todo lo que significaba ser griego, serían sepultados bajo el polvo del olvido y las cenizas de la derrota. ¿Cómo sería el mundo bajo un Imperio de los medos? ¿Qué sería de Italia, o de la lejana y exótica Iberia? ¿Qué sería de sus hijos? Combatían por la libertad y por lo que eran. Y todo esto angustiaba aún más a Temístocles, quien aquella infausta noche se había permitido a sí mismo abandonar por un momento la máscara de seguridad y osadía que mostraba ante su pueblo y ante los demás líderes helenos, y expresar, aunque fuese íntimamente, sus verdaderos sentimientos.

La espantosa visión de su ciudad en llamas lo hacía temblar de miedo, rencor e ira. Los gritos obscenos de los saqueadores iránicos retumbaban en las seculares piedras de la acrópolis, viejas de siglos. Podía ver, desde su anónima atalaya, los alaridos desesperados de los sacerdotes y guardianes de los tesoros de los templos, que habían preferido morir defendiendo a sus dioses que ponerse a salvo y abandonar sus santuarios. La brisa que lo refrescaba también le traía, como una música infernal, los estallidos de las estatuas de los dioses, de sus dioses, que rodaban, profanadas, por las calles de una Atenas entregada al salvaje pillaje de sus ocupadores persas.

Curiosamente, en esos momentos las retinas de Temístocles se inundaban de lágrimas en las que iban grabadas imágenes y momentos de su infancia: las esquinas en las que había jugado, luchado y gozado con sus amigos de siempre, ahora caían bajo la impune mano del invasor asiático, añorando aquellos ratos en los que los niños atenienses jugaban a su abrigo. Las escalinatas de los templos donde había robado besos y juramentos de amor eterno estaban ahora llenas de la sangre y el barro de los muertos. ¿Dónde estaban los dioses ahora? ¿Dónde estaba Atenea, la diosa madre, la fundadora? ¿Podía asistir impertérrita a la destrucción ignominiosa de su patria? ¿Podía asistir al sufrimiento de sus hijos sin conmocionarse lo más mínimo? El humo de las llamas ascendía hasta el firmamento lamiendo las estrellas tras las que parecían haberse escondido aquella jornada los terribles dioses de los griegos, quienes por vez primera sentían el miedo mortal de sus protegidos, y callaban.

Se oía alguna maldición entre los hombres que miraban todo aquello esparcidos entre los matojos. Pero eran lamentos aislados, fruto de la rabia incontenible. La mayoría lloraba quedamente, y la luz de la luna, fugazmente, alumbraba sus caras surcadas por lágrimas de profundo dolor. Sus mujeres y sus hijos estaban a salvo de momento, pero todo dependía de lo que sucediera mañana en aquella incierta cita sobre los trirremes. Temístocles los miró y, aguijonado por el dolor de sus compatriotas, decidió retirarse a su tienda antes de que sus ayudantes advirtieran su ausencia y se preocuparan. Mañana iba a ser un día sublime.

Se levantó y miró por última vez al frente. La Historia los contemplaría mañana. Y, aunque él sólo lo intuyera, los hijos de los hijos de los hijos de aquellos que mañana iban a luchar, recordarían el nombre del gran Temístocles, el hijo de Neocles, así como el de todos aquellos que lucharon y murieron por la libertad y por su identidad. Y no sólo serían recordados, sino que, aún más, serían admirados por todas las generaciones futuras hasta que la tierra sólo sea polvo en el inabarcable universo.

domingo, 10 de agosto de 2008

Yo mismo

No sé. Me encuentro vacío. Sé que los domingos no son un gran día para reflexionar, directamente los domingos son detestables. Pero, aparte del sopor, y la desgana propia de una buena resaca, hay algo más. Siento que me estoy perdiendo algo, como si yo mismo fuera el último de la fila. Me da la sensación de que la vida pasa y yo estoy ahí parado, en el andén, mirando cómo avanza el tren, sin pararse, sin darme la oportunidad de subirme. O quizá peor, quizá soy yo el que no quiere, o no sabe, subirse. De todo hay.

Cae plomo fundido fuera, y algunos problemas mundanos entretienen mi mente. Pero son cosas superficiales, lo verdaderamente importante lo tengo fjado en mi cabeza como si fuera una marca de fuego. Y realmente no sabría especificarlo, no sabría ponerle un nombre, "me pasa esto", no. Es un algo difuso, y confuso. Es un vacío existencial, es una certeza triste: si yo mañana desapareciera, el mundo seguiría igual. Nadie se enteraría, nadie me reclamaría, nadie lloraría ni nadie me echaría en falta. Pero, ¿por qué? Lo tengo todo para estar plenamente autorrealizado, pero me falta algo. Y desde hace tiempo sé que lo que me falta, ese algo, está dentro de mí pero en algún rincón ignoto de mi mente, de mi alma, al que no consigo acceder.

Esto se está pareciendo cada vez más a un psicoanálisis, y no soy yo un tipo propicio a la autocompasión y el lamento. Sé, que las cosas son como son y ya está. No hay un Dios, no hay fuerzas supraterrenales, no hay magia, no hay nada, simplemente estás tú y el mundo, y apañatelas. Eso lo tengo claro, por eso yo no achaco nada a la mala suerte, a los santos ni al empedrado, aunque a veces tenga la tentación de hacerlo porque el ser humano inventó todo esto para justificar lo que no conocía. Sé que si algo ha de cambiar, tendrá que salir dentro de mí. Y precisamente eso es lo que me asusta, porque me conozco bastante bien, y dudo de mí.

No se puede decir que sea un infeliz o un amargado. Nada más lejos de la realidad. Soy un tipo afortunado, tengo pocos pero buenos amigos, aquí y allí, cerca y lejos. Gente que, en realidad, yo no merezco, pero que las circunstancias han puesto ahí y yo me alegro soberanamente de que sea así. También tengo algunas cuitas sin importancia, porque son asuntos vanales que sólo en días como hoy, domingo de resaca, turban un tanto mi ánimo desgarbado y apático. Estoy contento de ser quien soy, pero vuelvo a lo mismo: me falta algo. Me siento solo muchas veces, aunque esté rodeado de mucha gente. Tengo miedo de que el tiempo pase y pase y un día la vida me encuentre solitario, acartonado y melancólico, lamentando tiempos pasado. ¿Estoy malgastando la vida?

¿Podré alcanzar lo que deseo? A veces me gustaría liberarme de mi piel y volar hacia un cielo donde sólo haya luz, mar y sabiduría. La lucidez trae consigo la amargura, bien que lo sé. Muchas veces pienso que soy demasiado lúcido, demasiado consciente, demasiado reflexivo, y por eso me asalta la soledad y la nostalgia con demasiada frecuencia. Puede ser. Me gustaría ser mediocre y no preocuparme nada más que de mí mismo, de mi barriga y de mi entrepierna. Ojalá. Pero no consigo ser así. Soy esclavo de mis genes, y de mi mente.

Posiblemente todo este tochazo sólo lo comprenda yo, y aún así tengo mis dudas. Posiblemente esto sólo sea producto de un domingo resacoso y triste, de la abulia veraniega y de la inactividad que me corroe. Quizá la rutina me vuelva a traer la paz, y el afecto perdido. Posiblemente yo esté así porque la quiero con toda mi alma y no sé cómo decírselo y sé demasiado bien que ella es una quimera imposible de alcanzar y eso me destroza, porque es perfecta, es mi sueño, es mi alter ego, mi hurí. Si yo fuera musulmán, en el paraíso sólo habría una hurí y sería ella. Sé que estoy haciendo el ridículo de forma catatónica, pero no puedo evitarlo. Esto es algo consustancial a mí. No puedo evitar evocar sus ojos grandes como soles y pensar que porqué no, sabiendo que es que no, como que el mundo es mundo. Las cosas son así, yo llegué tarde, la conocí demasiado tarde y no soy lo suficientemente atractivo en todos los niveles, y punto. No es ningún drama sino la puta realidad. Y aparte de ella, pues está todo lo demás.

Como si fuera la constatación de que todo lo que conozco, el mundo tal y como lo conocí y me lo enseñaron, se está yendo a pique lenta, muy lentamente, pero sin pausa e irremisiblemente. Como si fuera la constatación de que estoy rodeado de mediocridad, que esto es una ciénaga de incultura, ignorancia, simpleza, cursilería y desfachatez, donde hay pocos tulipanes que florezcan entre los cardos. Como si fuera la constatación de que soy el que soy y no tengo remedio, y que nací así y moriré así, y nací solo y moriré solo no porque la suerte sea muy perra sino porque mi carta genética así está diseñada. Como si fuera la constatación de que mi hurí es alguien infinitamente mejor que yo y que jamás lograré ser quien la desvele. Como si fuera la constatación de que, a pesar de todo, voy a seguir remando porque no me queda otra, voy a intentar vivir como un hombre coherente conmigo mismo, y que, cuando esté hasta los cojones, mis únicos consuelos será la pluma, el libro, la botella y, como los espías en tiempos de guerra con la cápsula de cianuro por si los capturaban, un cañón de escopeta lobera, negro como la noche, negro como boca de lobo.

No me echéis mucha cuenta.

jueves, 31 de julio de 2008

Argot, III



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-Pegarla mordida: Pegarle al balón defectuosamente.
-Mandar un balón a las nubes o al tercer anfiteatro: Chutar un penalty o cualquier otro tipo de tiro muy mal.
-Salir y besar el santo: Acabar de salir un jugador al partido desde el banquillo y marcar en el primer balón que toca.
-Mandar a un jugador a la caseta, a la calle o a la ducha: Expulsar un árbitro a un futbolista o cambiar un entrenador a un jugador.
-Luminoso: Marcador de un estadio.
-Electrónico: Marcador eléctrico de un estadio.
-Chupón: Jugador que abusa de la posesión de la pelota y que siempre quiere acabar él solo las jugadas.
-Chupar: Pedir y abusar de la posesión del balón sin pasar a ningún compañero y querer hacerlo todo sólo.
-Chupapostes o chupamates: Jugador que incordia mucho al portero debido a que se queda casi todo el tiempo cerca de la portería.
-Chupar banquillo: Tener siempre a un jugador en el banquillo y no darle minutos normalmente.
-Fútbol-Samba: Forma de jugar al fútbol donde prima la espectacularidad y la belleza, y las jugadas mágicas e imposibles, donde el espectador disfruta del espectáculo. Este tipo de fútbol se asocia a la selección brasileña.
-Fútbol-Champán: Forma de jugar al fútbol donde prima la elegancia, el toque, la clase, el juego rápido y la verticalidad. Esta forma de jugar la puso de moda y la sigue practicando el entrenador Arsene Wenger en el Arsenal inglés. Este equipo, más afrancesado que el resto de los británicos, practica este tipo de fútbol, que ya se ha extendido mucho por las islas británicas, donde equipos como el Manchester United o Chelsea, ya lo practican, abandonando así el típico fútbol inglés, del patadón arriba, aunque éste todavía sigue arraigado.
-Catenaccio: Forma de jugar al fútbol de manera rácana y poco bella o arriesgada, que consiste en marcar un gol rápido y después, cerrarse atrás con una férrea defensa, dejar a un sólo jugador arriba para que se las arregle como pueda, esperando el fallo del contrario.
-Cerocerismo: Partido aburrido y sin ocasiones en el que campea el empate a cero. También es una forma de jugar que busca ganar por la mínima o el empate.
-Campeón de Invierno: Título honorífico que se le da al equipo que al llegar al ecuador del campeonato de liga es el líder del mismo.
-“El Verde”: Nombre que se le da al césped del campo de juego, debido a su color verde.
-Pichichi: Máximo goleador de la liga o de cualquier torneo. Se le llama así en recuerdo de un gran delantero español de los años 20 apodado Pichichi. En Italia, el máximo goleador es llamado Capocannonieri.
-Zamora: Portero menos goleado de la liga. Se le llama así en recuerdo de uno de los mejores porteros de la historia del fútbol, Ricardo Zamora.
-Hooligans: Aficionados ingleses que se distinguen por sus actos violentos cuando viajan fuera de Inglaterra a animar a su selección o a su club.
-Tiffossi: Seguidor italiano de fútbol.
-Fútbol Total: Sistema ultraofensivo de juego inventado por el seleccionador holandés Rinus Michel, y aplicado por la mítica selección holandesa, llamada la “Naranja Mecánica” por su gran juego, liderada por Johan Cruyff, y que llegó a dos finales del Campeonato del Mundo de Selecciones Nacionales de forma consecutiva. Este sistema, considerado el precursor del fútbol moderno, se caracterizaba por su juego netamente ofensivo, rápido, vertical, espectacular y brillante, en el que cada jugador defendía y atacaba a la vez.
-Poner el autobús: Defender un equipo a ultranza, buscando descaradamente el empate o recibir el mínimo de goles posible.
-Corazón del área: Centro del área, lugar donde se sitúa el punto de penalti y zona de máximo riesgo a la hora de defender.
-Colgar balones a la olla: Expresión que se utiliza para designar el ataque desesperado del equipo que va perdiendo, y que en los minutos finales manda a todos los jugadores al área y manda balones aéreos a esa zona para buscar el gol.
-La madera: Nombre común para designar cualquiera de los tres postes de una portería.
-La cepa del poste: Parte inferior de los dos palos verticales de la meta.
-La cruceta: Ángulo que forma la unión del poste vertical con el travesaño horizontal de la portería.
-Escuadra: Zona de la portería que se encuentra en los ángulos superiores de la meta.
-Guerra psicológica: Actitud provocativa del portero en los momentos previos al lanzamiento de un penalti con el fin de infundir nervios y descentrar al lanzador contrario.
-Quitar las telarañas a la escuadra: Expresión utilizada para denominar a aquellos goles que se producen cuando el balón traspasa de forma limpia y contundente la escuadra de la portería sin que el meta pueda hacer nada.



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jueves, 24 de julio de 2008

Argot, II

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-Oxigenar el juego: Abrir el balón desde el centro del campo o desde una banda a la banda contraria cuando el jugador que tiene la posesión de la bola está rodeado de rivales.
-Trallazo, obús, chupinazo: Lanzamiento muy fuerte a portería.
-Centro-chut: Centro al área que se desvía o coge otra trayectoria y se va hacia adentro de la portería.
-Tijereta o remate de tijeras: Remate acrobático, parecido a la chilena, pero que se ejecuta de lado y haciendo un movimiento de piernas parecido al movimiento de las tijeras.
-Golpe franco o libre directo: Lanzamiento de falta que se ejecuta directamente hacia la portería.
-Tarjetero: Árbitro que enseña muchas tarjetas.
-Trencilla, Juez de la contienda, colegiado: Árbitro.
-Juez de línea, linier, línea o asistente: Ayudante del árbitro que se sitúa en la banda y asiste al colegiado en las jugadas que éste no ve, en los fueras de juego y en los penaltis dudosos. Hay dos, uno por cada banda del terreno de juego.
-Cuarto árbitro: Colegiado suplente que compone el equipo arbitral y que se encarga de vigilar el comportamiento de los banquillos, de anunciar los cambios y el tiempo añadido y de suplir al árbitro en caso de lesión.
-Equipo arbitral: Conjunto de personas encargadas de dirigir el encuentro, compuesto por el árbitro principal, los jueces de línea y el cuarto árbitro.
-Delegado de campo: Persona perteneciente al equipo local encargada de mantener el orden en los aledaños del terreno de juego, de vigilar que todo funcione con normalidad y la persona a la que acude el colegiado en caso de detectar algún problema extradeportivo en el estadio que perturbe el desarrollo del partido.
-Acta arbitral: Texto que en el que el árbitro recoge las incidencias que se han producido durante el partido y que es enviado ipso facto a la federación correspondiente.
-Recogepelotas: Personas, en su mayoría chavales, encargadas de recoger los balones que durante el partido salen fuera del campo de juego y suministrarles a los jugadores los balones necesarios para la continuidad del partido. -Falta táctica: Falta que comete un jugador a otro jugador cuando el equipo contrario inicia un ataque o jugada peligrosa, y no hay más remedio que hacer falta para cortar el juego.
-Offside: Voz inglesa que significa fuera de juego.
-Orsay: Castellanización de la voz inglesa " Offside ", y que es sinónimo de fuera de juego.
-Fuera de juego: Situación antirreglamentaria que se produce al adelantarse la defensa en el momento en el que el pasador ejecuta el pase hacia un compañero que en ese instante no tiene a ningún contrario entre él y el portero rival.
-Pasador: Jugador que pasa el balón, especialmente el que es experto en esta lid.
-Contra, Contragolpe o Contraataque: Jugada peligrosa contra otro equipo que se inicia rápidamente después de haber cortado el ataque del contrario y que generalmente se realiza muy rápido, con pocos efectivos y con pases precisos.
-Triangulación: Cuando tres jugadores de un equipo realizan tres pases seguidos formando un triángulo perfecto, con un contrario o más dentro del triángulo.
-Cuero, esférico, bola: Balón, pelota.
-Pase de la muerte: Pase decisivo que deja a un jugador en franca disponibilidad para marcar. -Desmarque: Cuando un jugador se deshace de su marcador y un compañero le ve y le pasa.
-Paradinha o Paradiña: Pequeña parada que hace el lanzador de un penalty en su carrera hacia el balón y que despista o descoloca al portero, con lo que marca con mayor facilidad.
-Gol fantasma: Balón que tras ser disparado por un jugador y es despejado en la misma línea de gol o incluso dentro. Causan polémica y casi siempre el árbitro no da el gol como válido.
-Gol Average: Número de goles marcados y encajados por un equipo respecto a otro y que puede ser decisivo en un final apretado de liga o liguilla.
-Palomita: Parada espectacular de un portero, a veces adornándose en exceso.
-Zamorana: Parada especial de un portero, de extrema dificultad, y que fue inventada por el gran arquero español Ricardo Zamora, de ahí su nombre.
-Salir un balón escopeteado: Salir un balón disparado tras ser golpeado por un jugador.


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lunes, 21 de julio de 2008

Argot, I


Tras años de lector iluso de periódicos y textos deportivos, de oyente incansable de programas nocturos y fanático de las narraciones radiofónicas de los partidos y, en definitiva, tras años como toxicómano del fútbol, he aquí una recopilación de términos y expresiones futbolísticas, algunas muy comunes, otras más extrañas y sorprendentes, que he ido acuñando a lo largo del tiempo:



-Jugada: Combinación de un equipo.
-Testarazo: Remate de cabeza, o con la testa, que es sinónimo.
-Chilena: Remate de cierta dificultad que consiste en saltar y rematar con los pies un balón aéreo, con la espalda paralela al suelo e imprimiéndole al balón una trayectoria por encima de la cabeza del jugador. Esta jugada la inventó un jugador de la selección chilena de fútbol.
-Huguinas: Tipos de chilenas de ejecución perfecta, y que puso en práctica el jugador mexicano Hugo Sánchez.
-Cola de Vaca: Tipo de regate en el que el jugador que lleva el balón le da la espalda al contrario, e inesperadamente se revuelve, y con el interior del pie, le pasa el balón entre las piernas al contrario.
Un jugador que puso de moda las " Colas de Vacas ", fue el brasileño Romario.
-Sombrero: Jugada que consiste en elevarle el balón al contrario por encima de su cabeza y recogerlo después sin perder la posesión del mismo.
-Vaselina o Globo: Gol que se realiza elevándole el balón al portero por encima de su cabeza.
-Gol Olímpico: Gol que se realiza ejecutando un córner directo, sin que la toque nadie más.
-Gol de Amarilo: Gol que se realiza desde una banda cuando el jugador se dispone a centrar al área, y sorprende al portero con un chut que va directo a puerta, cogiendo a contrapié al portero. Este tipo de goles los puso de moda el jugador brasileño Amarilo, al marcar uno así en el Mundial de Suecia 58'.
-Penalty a lo Panenka: Penalty que se ejecuta picándole el balón al portero suavemente hacia una escuadra y lanzarse el jugador que lo tira hacia la línea para llegar antes que el balón, o bien lanzándolo rápidamente para que al portero no le de tiempo a reaccionar. Lo puso de moda el gran jugador checo Panenka, de ahí su nombre.
-Portero, Cancerbero, Guardavallas, Arquero, Meta, Guardameta: Nombres por el que se conoce al jugador que defiende la portería y que puede usar las manos.
-Bajarla al piso: Bajar el balón al césped cuando está en el aire.
-Centrar: Lanzar un jugador desde una banda el balón al área para que lo rematen a portería.
-Peinar: Rozar levemente el balón con el objetivo de desviar el balón para marcar gol o para pasar a un compañero.
-Rematar a puerta: Tirar a la portería con el objetivo de marcar gol.
-Matador, Cazagoles, Killer, Ariete: Jugador que actúa como delantero y que es especialista en marcar, y mete muchos goles.
-Delantero: Jugador que actúa como hombre más adelantado en un equipo y es el encargado de marcar los goles.
-Líbero, último hombre u hombre libre: Jugador que actúa como defensa más atrasado, el último futbolista de campo antes del portero, y que normalmente tiene la responsabilidad de liderar la zaga y evitar en última instancia el gol rival.
-Futbolista o jugador de campo: Jugador que forma parte de los diez jugadores que no pueden usar las manos en el juego, que forma parte de la defensa, medios o delantera.
-Defensa, zaguero: Futbolista que juega en la línea más atrasada del equipo y cuya misión es evitar el gol rival.
-Centrocampista o mediocampista: Jugador que actúa en la línea del centro del campo.
-Delantera: Línea más ofensiva de un equipo.
-Zaga, defensa o retaguardia: Línea más defensiva de un equipo.
-Línea medular: Centro del campo de un equipo.
-Once titular: Equipo, compuesto por diez más el portero, que salta al terreno de juego a disputar un partido.
-Partido, choque, contienda, encuentro: Enfrentamiento entre dos equipos de once jugadores cada uno, que dura 90 minutos, divididos en dos partes de 45 minutos, con un descanso de 15 minutos.
-Centrocampismo: Término que alude al partido en el que el juego de ambos equipos se centra casi en exclusiva en el centro del campo, con ausencia de ocasiones de gol.
-Goleada: Victoria de un equipo sobre otro con un marcador abultado.
-Manita: Nombre que designa a una victoria de un equipo sobre otro por el resultado de 5-0.
-Tirarse a la piscina: Simular un penalty o falta.
-Piscinazo: Acción de tirarse a la piscina.
-Hacer teatro: Ser muy buen "actor" y simular siempre faltas, etc...
-Teatrero: Jugador que hace mucho teatro.
-Hat-Trick: Cuando un jugador marca tres goles en un mismo partido. Tradicionalmente se lleva el balón con el que los ha marcado de recuerdo.
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jueves, 10 de julio de 2008

Un relato onírico


La luz que la luna filtraba por las rendijas de la persiana, que no estaba bajada del todo, lo despertó. Se levantó dolorido, se frotó los ojos con desgana, y miró en derredor. Al principio no vio nada, hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Fue hasta la silla que había cerca de la maltrecha cama, único mobiliario de la herrumbrosa habitación, y se vistió lenta y pesadamente con la ropa que colgaba de ella.

Luego, paseó por la habitación, aturdido aún por el sueño que antes había dormitado, y fue hasta el cuarto de baño. Allí se lavó la cara con agua helada, se secó y se miró el rostro, y le pareció que había envejecido cien años, con la barba de varios días que le daba un aspecto de dejadez que le pareció casi lastimero. Fue de nuevo hasta su habitación, levantó un poco la persiana y contempló absorto el paisaje de azoteas mohosas, tejados llenos de verdín y, cerca, el viejo campanario de la parroquia barroca que, impávido, dominaba los cielos de aquella noche invernal extrañamente luminosa.Se apartó de la ventana y buscó en la cómoda su foto, aquella en la que aparecía junto a ella y los más cercanos, su círculo, sonrientes todos, una tarde soleada de verano en una playa repleta de veraneantes. Ella aparecía radiante, y en su actual estado de aturdimiento mental, no pudo hilar dos adjetivos que reflejaran la monumentalidad que ofrecía en aquella instantánea olvidada hasta por el propio Tiempo.
Aquella foto, y todo lo que en ella se representaba, le parecían tan lejanos, que casi no hubiera podido ubicarla en el tiempo. Sólo sabía que habían sido tiempos felices.

Ahora, nada de aquella fascinante realidad existía. No podría precisar qué causó la hecatombe, qué ocurrió para que todo su mundo se fuese al infierno. Sólo recordaba que su propia y estúpida integridad, sus miedos y sus perdiciones acabaron con todo. Ella se hartó, y casi sin quererlo, no tuvo más remedio que irse, y él, con sus recuerdos, su remordimiento y sus fantasmas, se fue hundiendo poco a poco en un abismo que, aquella noche, iba a conocer su fin. Metió la foto en el bolsillo trasero de su pantalón, atacado por la nostalgia. Hacía mucho que ya no lloraba.

Buscó a tientas -le habían cortado la luz hacía dos semanas por impago- la botella de ginebra que según sus cálculos debía estar en el mueble bar, que ahora, vacío, le mostraba las telarañas que evidenciaban la lejanía de tiempos sin duda mejores. No estaba allí, y siguió buscando, impasible, hasta que cayó en la cuenta de que la había dejado no hacía mucho en la desolada despensa. La agarró, se puso la única cazadora decente que todavía poseía, y se marchó, silencioso, del triste ático que habitaba en un céntrico edificio del casco antiguo de aquella ciudad costera. Bajó sigilosamente las escaleras -nunca le gustaron los ascensores, ataúdes de acero pendientes, literalmente de un hilo- y salió a la calle. Una bofetada de aire frío y cortante le pegó en pleno rostro, y un escalofrío le recorrió el espinazo. Anduvo unas cuantas calles, solitarias dadas las horas intempestivas, y llegó al pie de un monumento que coronaba la calle principal de aquella villa. Echó un vistazo de arriba abajo al oxidado monumento -una gran cruz de hierro, semejante a un aspa- y miró el mar, que se abría ante aquel balcón, tranquilo con su cadencioso oleaje.

Se sentó en el poyete, al pie de la gran cruz, sacó la botella de ginebra de su cazadora, y comenzó a beber a grandes sorbos. El primero le abrasó la garganta, al tiempo que una ráfaga de viento glacial le traía las campanadas de la cercana torre barroca que anunciaban la una de la mañana, o las dos. A cada trago que se lanzaba al coleto, pensaba. En lo que había sido su vida, exitosa y vacía hasta su colapso personal, desgraciada y solitaria después de aquello. Pensaba en los sueños que una vez albergó.

Viajar, viajar mucho, por todo el mundo. Salir y conocer, experimentar y vivir cosas que no le ofrecía aquel pueblucho. Eso soñaba. Soñó algún día, cuando todavía tenía ganas de soñar. Y de vivir. También quiso formar una familia, tener hijos. Lo consiguió, pero sólo artificialmente. Todo se vino abajo y su existencia se fue al garete. Y sus sueños comenzaron a diluirse en alcohol, como también su trabajo, y sus ahorros. Ahora nadie le quería, y los pocos amigos que le quedaban le mantenían a duras penas, entre todos, pagándole el ático que ocupaba. Eso era lo único que le quedaba, sus amigos, pero ya había decidido terminar con todo aquello.

Horas después, cuando la botella de ginebra ya sólo era una botella vacía, creyó escuchar cuatro campanadas en el reloj de la parroquia, o cinco. Sentado como estaba, intentando mantener la verticalidad y con la vista borrosa, sacó un enorme puñal del bolsillo interior de la cazadora. Aquel puñal lo había comprado una vez, hacía mucho tiempo, en Marruecos, y no lo había usado nunca. Hasta hoy. Lo sostuvo en alto, lo observó, cerró los ojos, inclinó la cabeza al cielo y, mordiéndose los labios hasta sangrar, se lo hincó en el vientre.

En aquel preciso instante se despertó, sudoroso y sobresaltado. Respiraba trabajosamente, excitado como estaba ante aquella terrorífica pesadilla que había tenido. Se levantó y bebió un trago de agua de la botella que tenía en la cómoda. Ya estaba amaneciendo, entraba la luz del sol incipiente por las rendijas de la persiana. Se sobresaltó al ver la foto de la playa, la misma que había visto en sueños. De pronto oyó campanadas de la torre de la parroquia cercana. No estaban tocando las horas, era otra cosa. Le sonaba el tañido, aunque no recordaba de qué. De pronto entendió. Miró de reojo la foto que reposaba en la cómoda. Las campanas tocaban a duelo.

miércoles, 2 de julio de 2008

Me lo merezco


Me lo merezco. Sí. Como diría el otrora gran puntal de la Quinta del Buitre, genial extremo, Míchel, ahora reconvertido en desgraciador de canteras poderosas, en cualquier caso mito en el santoral madridista, me lo merezco. Me merezco este triunfo de la Nacional, de España. Y no es por ser más egoísta que nadie, porque no soy yo el único incondicional de la Selección que ha vivido, y sufrido, y llorado, y renegado, desde que tengo uso de razón. Pero a sotavento de la fiebre roja y patriótica que ha recorrido el país en esta Eurocopa con la victoria de España (dan ganas de cantar "Sólo sois del equipo cuando sale campeón, campeón, campeóooooooooon", pero tampoco es plan, al fin y al cabo, a la gente le gusta ganar, y no le gusta perder, esto es humano, y ver tantas banderas rojigualdas por la calle es motivo de placer y orgullo para mí) creo que es preceptivo, por lo menos para mí, decirlo, alto y claro, tan alto y tan claro como me permite este altavoz cibernético que Tito Blogger pone a mi disposición (perdonen que me ría de lo de "ALTAvoz"): Sí, me lo merezco.

Uno de los primeros recuerdos futbolísticos que asaltan las retinas de mi memoria, por no decir uno de mis primeros recuerdos (el fútbol es la vida), son pequeños flashes de imágenes superpuestos de la Copa del Mundo de EEUU de 1994. Recuerdo muy vagamente los partidos ante Corea y Bolivia (del de Alemania no me acuerdo de nada), y sobretodo, quizá por su trascendencia, rememoro vívivamente una imagen que quedaría grabada a fuego para siempre en mí: Luis Enrique sangrando, con la nariz rota por un brutal codazo del defensa italiano Tassotti, llorando ante un árbitro al que hasta hace poco no he puesto nombre (Sander Puhl, se llamaba el hideputa). El yerro de Salinas, con el balón botando, más sólo que la una delante de Pagliuca, la posterior contra azurra, Baggio driblando a Zubizarreta, y luego el fin. El desastre. La primera herida.

Por esos tiempos yo, sin aún 5 años, ya la Verdadera Fe del madridismo me había ganado para siempre para la causa, pero la Selección era algo distinto: un equipo al que me adscribía sin dudarlo por la evidente filiación, pero que sacaba de mí un espíritu algo quijotesco: vamos a ganar contra quien sea, sin temer a nada, además siendo los mejores del mundo y sentando cátedra...exaltaba mi patriotismo ver aquellas 11 zamarras rojas puestas en fila escuchando un himno que era mío y era de todos, y me emocionaba comprobar cómo las gradas de estadios lejanos, de países lejanos, se teñían, aunque sólo fueran 5.000 los hinchas, de rojo sangre, rojo vino tinto, rojo pasión, rojo de España. Luego venían las derrotas, y el renegar, una y otra vez, de la patraña de equipo que, por una u otra causa, nunca estaba a la altura de las ilusiones que yo y 40.000 millones de compatriotas depositábamos en él.

Observar la tele con gesto de incredulidad, agarrarse la cabeza y negarlo, una y otra vez, no puede ser, es imposible, otra vez, a nosotros, porqué. En la Eurocopa de Inglaterra del 96 yo ya sabía algo de qué iba aquello, pero curiosamente tengo tres recuerdos que, no sé porqué razón, han quedado más marcados que otros en mi memoria de aquel campeonato: el gol de Alfonso que supuso el 1-1 contra Francia en el primer partido, nada más salir el getafense; el gol de Guillermo Amor, en plancha rematando un centro bajo por la derecha, a Rumanía, sobre la campana, que nos metía en cuartos, y el partido de Inglaterra: mi otra gran herida. Los dos goles anulados injustísimamente no por el árbitro, sino por la ley del anfitrión, y la horrenda tanda de penaltys, con los fallos de Hierro y Nadal. Pero aún era joven.

El primer gran palo con la Nacional llegó en 1998, en el Mundial de Francia. Yo venía de ver a mi Madrid hacer Historia ganando la Séptima Copa de Europa en Amsterdam, sin duda mi mejor recuerdo futbolístico, y aunque no supiera bien qué significaba aquello, creía que la audacia de mi club se iba a trasladar a la Selección, e íbamos a arrasar. Todo el mundo decía que sí, que este año éramos la repolla, nos íban a dar la Copa antes de jugar, e íbamos a dejar a los gabachos con el culo al aire en su propio terreno. Mejor no cuento lo que sentí cuando Zubizarreta puso aquella mano blandita ante los fogosos nigerianos en un centro ridículamente lento desde la izquierda; no cuento lo que sentí ante el penoso e impotente 0-0 contra Paraguay; y qué decir de la goleada estéril a Bulgaria...

Mientras, no me perdía ningún amistoso, ninguno. Nunca lo he hecho. Considero que, cuando juega el Madrid y cuando juega España, el momento es sagrado, y he de verlo sí o sí. Aunque sea un partiducho de mala muerte sin emoción ni trascendencia. Es el Madrid, y es España. Y nunca caminarán sólos, por mal que lo hagan, y por pena que den. Que a mí no me darán pena jamás, sino dolor y sufrimiento, pero eso es porque yo soy un fanático. ¡Cuántas burlas he tenido que aguantar de mi padre, de mis amigos, de la gente, de la prensa, cuando España hacía el ridículo en esos campos de Dios! Los que ahora se suben al carro de la victoria, gloriosa victoria, no conocieron Chipre, ni Belfast, ni Suecia, ni las penosidades de Islandia, ni lo de Grecia en Zaragoza, ni muchas, ni muchas cosas. Y les vendría bien recordarlo, para que sepan cuánto vale esta Eurocopa que hemos ganado en Austria.

Llegó entonces la Eurocopa de 2000, en Holanda y Bélgica. Otra vez, ya más consciente de las cosas y de su importancia, llegaba yo orgullosamente altivo tras ver, por segunda vez en 3 años, a mi Madrid como rey de Europa tras humillar en París al Valencia. Llevábamos una buena Selección, con el mejor Raúl de siempre, con Camacho, Valerón, Alfonso, gente en condiciones. Recuerdo un anuncio de Pepsi, donde salían nuestros 23 alabarderos rumbo a Bélgica montados en un autobús con el lema "Vete y no vuelvas sin ella". Para qué comentar nada.

Fue ese campeonato especialmente doloroso. Empezamos mal, y yo no me creía, no podía creerlo, que hubiéramos perdido contra la todopoderosa Noruega por 0-1 gracias a una cantada sideral de Molina. Era ruinoso. Luego enmendamos la plana en el Arena de Amsterdam venciendo con mucho trabajo a Eslovenia, y yo empecé a creer. Cuando creí del todo fue tras asistir a uno de los momentos más maravillosos que el fútbol me ha dado: el España 4-3 Yugoslavia. Algo apoteósico, algo memorable, algo inolvidable. En el descuento perdíamos 2-3, y no nos valía el empate para pasar a cuartos. Metimos dos goles, un penalty y otro épico de Alfonso, con toda España enganchada a la portería yugoslava, buscando rematar aquel centro alto de Guardiola. Grandioso, memorable de verdad. Hasta esta victoria en Viena, lo mejor que recuerdo de la Roja.

Luego llegamos a cuartos, muy quijotes y muy crecidos, y Francia nos devolvió hacia más abajo de los Pirineos en un partido crudo, una batalla, y un penalty fallado por Raúl del que no diré nada, y ésa será la mejor descripción de lo que sentí en el momento en que volví al salón y vi que lo que decía mi padre, que había fallado Raúl, era verdad. Porquísima miseria.

Más tarde, Corea, Portugal y Alemania. Ilusiones, decepciones, indignaciones. Al-Gandhour, la sordidez y visicitud de la Eurocopa de Portugal, y la sangrante eliminación, aquella noche, en Hannover, ante la Vieja Guardia de Napoleón Zidane.

Por eso, me lo merezco. Por haber madrugado, gastado mi dinero, mi salud, mi tiempo, y mis alegrías y decepciones, con ellos. Porque nunca han caminado sólos, ni caminarán. Porque aunque ahora se apunten muchos que antes eran casi apátridas, siempre estaremos ahí. Y porque habéis de saber, pequeños ignorantes de mente volátil y tendencia al olvido, que esta Eurocopa no es sólo una victoria épica. Es algo mucho más grande. Es una victoria de la Historia, de los que estuvieron, de los que están, y de los que estarán. De los que no pudieron, de los que se quedaron por el camino, de los que perdieron y fallaron penaltys decisivos. Recordad, esta victoria es mucho más que un éxito.

Esa copa que alzó Casillas al cielo de Viena esconde, y guarda, muchas historias, muchas lágrimas, y muchos recuerdos. Muchas ilusiones despeñadas en muchas tandas de penaltys y muchos cuartos, y octavos, de finales perdidos en los vericuetos de la Historia. Mucha rabia contenida, mucho anhelo de hollar tierra que nos parecía vedada.

Como dijo un sabio anónimo: “Un solo gesto vale por todo. Ellos ahí abajo levantan sus manos y te dan las gracias por dejarte la pasta, la garganta, la ilusión y darles fuerzas. A mí, me dan la vida.”