martes, 24 de junio de 2008

Con tanta madera, hacemos una hoguera

Uno de los efectos colaterales de la descentralización administrativa tan aberrante del Estado en la democracia española es, sin duda, ese ente ortopédico existente en toda villa española llamado Policía Local. Sin duda un gran estorbo para los españoles en su doble personalidad jurídica: una molestia para los ciudadanos, una carga adicional para los contribuyentes. Algo totalmente prescindible, en definitiva.

Por naturaleza este cuerpo de seguridad debería tener como principal función y cometido precisamente ése, el de garantizar la seguridad en las calles, el orden y la ley. Proteger al ciudadano y ayudarle frente a situaciones delictivas, problemáticas, violentas o de necesidad urgente. Eso, en teoría. Pero de ahí a la práctica hay un trecho, y grande.

La Policía local es un cuerpo absolutamente prescindible en la sociedad actual, que se mantiente debido a que constituye un grupo de apoyo importante para cualquier candidato a la alcaldía en cualquier ayuntamiento de la geografía nacional, amén de ser un cuerpo de seguridad exigido según el sistema vigente. Hasta el más tonto del lugar sabe que si se gana el favor de los municipales (la manera de ganarse dicho favor queda a expensas de la imaginación del alcaldable de turno) tendrá un importante apoyo electoral (susodichos, familiares e incluso amigos). Nuestra democracia, largamente anhelada y cuyos efectos colaterales no han sido aún debidamente analizados, da lugar a hechos totalmente vergonzantes pero que, según parece, no importan a nadie, Porque, aquí, quién más y quién menos, mete mano en el asunto, de alguna u otra forma.

Por consiguiente, la necesidad de contar con una fuerza de orden público y policial de carácter municipal da la oportunidad a que gente inútil, completamente inservible para la res publica, individuos fatuos y calamitosos, puedan parasitar de forma continua a costa del Estado de forma perpetua, durante toda su vida. Y no sólo eso, sino que la Policía Local da lugar a que éstos mismos sujetos puedan gozar de un status público y social alto, puedan lucir vanidosamente uniformes y placas cual capitanes generales, y, lo peor de todo, puedan abusar de la propia autoridad que no les compete ante sus conciudadanos, alimentando así las ansias de figurar y la fatuidad de personajes absolutamente estériles que de otra forma no tendrían cabida en la sociedad. Para esto es para lo que vale la madera municipal, para incomodar, molestar, y joder, en una palabra, al ciudadano corriente y moliente que intenta subsistir como buenamente le es posible.

Así que esto es lo que hay. ¿Cómo es posible que yo con mis impuestos le esté pagando a estos mendrugos un sueldo muy sustancioso por una labor de mierda? La democracia es la razón. Ojo, no la democracia en sí, sino la interpretación arbitraria y boba de la mayoría paleta que nos rije. Mayoría paleta que es elegida electoralmente por una masa aún más indocumentada, pero ésa es harina de otro costal. La policía local, cuyas competencias son difusas y cuya autoridad es discutible, se beneficia de una remuneración muchísimo mayor que, por ejemplo, la que reciben cuerpos de seguridad mucho más eficientes y eficaces como la Guardia Civil o la Policía Nacional.

En un pueblo de menos de 20.000 habitantes, como es el caso de Chipiona, no hay delincuencia suficiente para justificar que una plantilla notoria de policías locales patrullen unas calles que de por sí son seguras y fiables. No hay justificación. Entonces, como es normal, tienen que buscar una ocupación para rellenar el día, y cuando no hay de qué ocuparse, a estos zotes con porra y pistola se les nubla su ínfima imaginación, y tienden a comportarse como Clint Eastwood en la saga Harry el Sucio pero, obviamente, sin su clase, sin su aplomo y, por supuesto, sin sus valores, porque, ¿qué valores pueden albergar estos tiparracos que no saben ni hacer la o con un canuto? Entonces vienen los problemas. ¿Dónde estáis los días de carnavales donde el pueblo es tomado al asalto por una turba infecta de canorros sin control? ¿Dónde estáis los sábados por la noche cuando la gente sale a la calle y se producen problemas? Escondidos como ratas. Eso sí, para incomodar a la gente que no provoca altercados, sí que sois muy valientes.

Es una vergüenza que estos agentes, que se juegan la vida en la lucha antiterrorista, en la protección de los caminos rurales, en la seguridad urbana, en la lucha contra la delincuencia y la mafia a escala nacional, cobren menos que unos tipejos que no tienen otro mérito en la vida que el haber superado unas pruebas físicas dudosas. ¿Cómo es esto posible? Qui lo sá, pero la realidad es que, mientras unos se baten el cobre ante terroristas y delincuentes muy profesionales, otros se pasean por su ciudad natal en buenos todoterrenos y motos modernas y sotisficadas. Mientras unos mueren en acciones de riesgo frente a miembros de ETA o Al-Quaeda, otros no tienen cojones de separar a desechos humanos en peleas barriobajeras y se dedican a incordiar y molestar a gente normal que deambula por la calle a las 4 de la mañana sin molestar a nadie Y esos mismos son los que se dan de baja en cuanto llegan los carnavales. Los que vacilan a sus paisanos por llevar coche oficial y pistola. Mindundis que no han pegado un tiro en su vida, y crían barriga cervecera mientras los policías de verdad persiguen a etarras en Francia. Me cago en vosotros, inútiles, ineptos de pacotilla, fantoches con uniforme. Ganáos el sueldo sacando patatas en el campo, que en la ciudad no se os requiere.

Esta es la verdad, y lo demás son milongas. No sois más que el pueblo al que "protegéis", porque el pueblo es el que os sostiene con sus impuestos, y no tenéis catadura moral para daros cuenta de ello y respetarnos. Estáis aquí para servirnos, no para serviros de nosostros, y ésto es lo que no comprendéis. Sois funcionarios pero con la potestad, arrogada por un sistema de mierda, de deternos y mantenernos una noche en comisaría porque vosotros lo valéis, así, por la cara. Que no se os ocurra, a vosotros que sois jóvenes y no conocéis las cosas, negarle el DNI a un paleto con placa cuando os lo pida por la noche, ni se os ocurra inquirirlos acerca de porqué no están ellos deteniendo a la morralla que roba coches y apaliza a nuestros chavales en verano en vez de estar multando a trabajadores que madrugan para ir al campo en vespino, por no llevar el casco. No se os ocurra, porque si no, la ira de estos robocops caerá sobre vosotros.

Con tanta madera, hacemos una hoguera. Voto por la abolición total de este cuerpo fútil y deficitario. Voto porque estos mentecatos a los que el sistema da la oportunidad de creerse superiores por llevar gorra y placa hayan de buscarse la vida como todo el mundo, y voto porque el sueldazo y las horas libres que estos parásitos aprovechan, sean dedicadas a profesionales mucho más útiles y necesarios para la sociedad, como la Guardia Civil o la Policía Nacional. Que, en definitiva, son los que nos protegen y nos aseguran. Cuando tenemos algún problema serio, ¿a quién recurrimos? Nos quejamos y nos burlamos de ellos, pero, ¿qué sería de nosotros sin la Guardia Civil? Es la única barrera que nos separa de la jungla y la civiliazación.

Municipales, de mis impuestos no. Idos a mamarla, paletos con placa.

jueves, 19 de junio de 2008

De Breda a París


Cerraba ya la noche sobre el cielo de París. Refrescaba un poco, a pesar de estar ya bien entrado junio, y el verano. Las calles del centro, como antes la de los arrabales de la periferia, recibían, desiertas y sepulcralmente silenciosas, a los blindados oruga de la Nueve, la IX Compañía del Regimiento del Chad. Cruzaban la capital de Francia aquel 24 de junio de 1944 firmes, sin prisa pero sin pausa, conscientes de ser la avanzadilla del tan deseado y esperado ejército Aliado que vendría a expulsar de París a los alemanes. Dentro de los tanques, apiñados y expectantes, tensionados ante un posible ataque, los soldados aliados sabían que estaban entrando en la Historia. La mayoría de los componentes de la Nueve, comandada por el Capitán Dronne, eran españoles, y habían luchado contra el fascismo en la Guerra Civil y luego, exiliados y sin nada que perder, habían conducido al ejército de la Francia Libre de De Gaulle desde el corazón de África hasta los Campos Elíseos a golpe de fusil, dejandose la vida en el empeño, luchando por la Libertad en Europa, la misma Libertad que habían perdido en su patria.

Llegaron, sin contratiempos, hasta la plaza del Ayuntamiento. Por allí, para asombro de los ciudadanos franceses que asistían esperanzados al acontecimiento desde sus casas, desfilaron los carros de combate Guadalajara, Madrid, Jarama, Ebro, Teruel, Belchite, Guernica, Brunete y Don Quijote. Formaban parte de las dotaciones correspondientes a la I, II y III secciones de la IX Compañía, mandadas por un zaragozano, un madrileño, y un andaluz. Con los nombres de las célebres batallas de la guerra española en el morro y los flancos de los tanques, los spaniards habían echo fortuna en la guerra mundial, obteniendo una fama de aguerridos, intrépidos y algo temerarios a la hora de entrar en combate.

A eso de las nueve y media de la noche, el oficial madrileño Federico Moreno, junto con el andaluz Monto y el aragonés Martín Bernal, además de sus segundos, parlamentaba sobre las nuevas órdenes recibidas. Según el Alto Mando, en la calle de los Archivos, muy cerca de donde se encontraban, había un nido de resistencia alemán que debía ser abatido. Hacia allí se encaminó el Guadalajara, con tripulación extremeña. Por las cercanías del Arco del Triunfo de Napoleón y por los aledaños de los Campos Elíseos patrullaban, a bordo del Fort Star, más combatientes republicanos españoles. El primer choque con las fuerzas nazis lo sostuvo el blindado Ebro, mandado por el canario Campos y conducido por el catalán Bullosa. Ésos fueron los primeros disparos de las fuerzas aliadas en París...

En las torretas de los tanques de la Nueve, banderas tricolor, de la República añorada y perdida, ondeaban en el cielo de París. Algo inusual, ya que en el ejército de la Francia Libre sólo se permitían banderas francesas. Pero, como afirmó el Capitán Dronne y el propio De Gaulle (a quién protegerían luego en Notre-Dame los mismos spaniards), ésa era la bandera de su patria, al fin y al cabo. Hombres duros, hoscos, soberbios y aguerridos. Hombres que fueron fruto de ocho siglos de degollar moros; hechos a pelear cada palmo de tierra, cada plaza y cada villa. Españoles arrogantes y soberbios, que lucharon en Flandes, en Italia, en América, en Filipinas,...nacidos en una tierra reseca y áspera. Hombres que todo lo aguantaban en cualquier asalto, pero que no soportaban que les hablaran alto...

Los parisinos que contemplaron el desfile del destacamento de los liberadores de París afirmaron que se oyó, desde los arrabales a la Torre Eiffel, una cancioncilla simple y sencilla, alegre, y por supuesto, en la lengua de Cervantes: ¡somos rojos españoles...

miércoles, 28 de mayo de 2008

Ley de vida

Esta historia me la contaron hace tiempo, no recuerdo quién. Lo único que yo he hecho ha sido darle algo de literatura.



Una tarde de verano, a la hora de la fresca, iban caminando un hombre y su hijo pequeño por una vereda arenosa y llena de grava, en medio del campo. A un lado y al otro, retamas, jaramagos, maleza y pinos aislados entre sí rellenaban el paisaje y la floresta del lugar. El hombre, adulto, alrededor de la cuarentena, fuerte, robusto, de manos callosas, piel curtida por años de trabajo sacándole sus frutos a la tierra bajo el sol meridional de su tierra, cargaba, a hombros, con su anciano padre. A su lado andaba su hijo de apenas 7 años, correteando despreocupado y alegre a su alrededor. Si algún hombre de la Antigüedad los hubiera observado desde cierta distancia, hubiera creído que Eneas volvía a cargar con su padre Anquises y a llevar de la mano al pequeño Julo, camino del Lacio y la salvación de la memoria troyana.

Cuando llegaron a una piedra grande, que la naturaleza y el tiempo habían moldeado y convertido en un descansado reposadero, el hombre depositó delicadamente a su padre en la piedra, y fue a refrescarse al exiguo arroyo que corría paraleo al sendero. De pronto, el viejo miró fijamente a su nieto, recorrió con la vista cansada el lugar, vio a su hijo sentado en el suelo, tocó con la arrugada mano la piedra donde descansaba, y echó a llorar. Un llanto quedo, casi silencioso, amargo.

Al verlo, su hijo se levantó y le dijo:

-Padre, ¿porqué lloras?

El padre, con las lágrimas cayendole por la mejilla acartonada, bronceada por los años de esfuerzo, sacrificio, trabajo y privaciones, le respondió, mirándole desde lo más profundo de su alma:

-Porque en esta misma piedra, hace 40 años, senté yo a mi padre a descansar como tú has hecho conmigo ahora. Camino del asilo donde lo llevaba, y donde lo dejé para no volver a verlo nunca más.

El anciano calló, y miró a su hijo, resignado ante lo que era ley de vida. El nieto, extrañamente silencioso y quieto, fijó su vista en el padre. En aquella mirada estaba escrito todo. El código genético y el tablero de ajedrez donde se juega la partida de la vida, la inteligencia, la inocencia y, curiosamente, una silenciosa pregunta, casi un ruego, casi una exigencia, en los ojos del nieto. El hombre, plantado delante de su padre, miró a su hijo, sonrió, se acercó a su padre, lo besó en la mejilla, lo levantó, volvió a cargarselo en sus hombros y, erguido, comenzó a desandar orgullosamente el camino por el que habían venido.

jueves, 8 de mayo de 2008

Un día glorioso, III


...


El tercer barco, a punto de ser desarbolado, había dado media vuelta, con el timón roto y algunas velas incendiadas, y había puesto rumbo a África sin esperar a sus hermanos de piratería. El segundo, con el que la bombarda se había cebado sin misericordia, se hundía sin remedio frente a la piedra de Salmedina, un saliente rocoso, a cuatro leguas de donde se había producido la lucha, a donde había llegado la nave sin timón y sin posibilidad de cambiar el rumbo. El palo mayor estaba hecho añicos, otro mástil andaba roto por la mitad, las velas ardían todas y la tripulación se había arrojado por la borda cuando la situación se hizo irremediable.

El tercer barco, indemne del ataque principal en los corrales, había llegado a la playa de Regla, pero cuando se aprestaba a desembarcar, sus hombres se habían percatado de la situación de los dos barcos restantes de su flotilla pirata, y tras ver que los paisanos de Chipiona que habían estado esperándoles detrás de los cerros, en la playa principal, estaban saliendo, armas en ristre, y provocándoles desde la orilla, decidieron virar todo y regresar a casa. Habían venido con la idea de desembarcar sin problemas, saquear, destruir todo cuanto se pusiese a mano y volver. Como la práctica habitual en las costas españolas era que, tras ser avisados, las poblaciones del litoral quedaran vacías antes de los ataques y sus gentes se refugiaran en los bosques y montes del interior, los berberiscos no pudieron ni siquiera intuir que en Chipiona habían tomado otra resolución: luchar. Pero no luchar de cualquier manera. Unos cientos de paisanos analfabetos, ignorantes de las cosas de la guerra y totalmente inexpertos, habían elaborado un plan de ataque singular; se habían servido de los corrales de pesquería que Roma les construyó hacía más de mil años para defenderse atacando, aprovechando la accidentada singladura por la que habían de llegar los barcos piratas, y la bajamar. Se habían hecho con una vieja y vetusta bombarda, la habían renovado, arreglado, y colocado en un lugar estratégicamente perfecto para barrer sin problemas la delantera de los corrales sin temor a herir a sus camaradas gracias a la suave pero pronunciada elevación del terreno. Y finalmente se habían hecho con todo tipo de armas viejas, la mayoría de ellas medievales, piedras, aperos de labranza y cócteles incendiarios para plantar cara al enemigo. Lo habían hecho con valor y pasión, y lo habían conseguido.

En cuanto los dos bajeles piratas no eran más que sombras casi indistinguibles en el lejano horizonte, el sol ya estaba casi en lo alto, anunciando el mediodía. Las olas traían aguas rojizas, de la sangre de la tripulación del barco que hacía menos de media hora había acabado por hundirse junto a Salmedina. Los que habían saltado y buscado a nado la costa, se habían encontrado con una desagradable sorpresa: los paisanos habían abandonado a todo correr los corrales, y empuñando las mismas armas con las que los habían sorprendido al inicio de la contienda, habían salido en barcas y lanchas a batir las aguas cercanas a la costa. Tocaba a degüello, no había cuartel para nadie, y los exhaustos supervivientes berberiscos se dejaban pescar a ballestazos, lanzadas y pedradas, inermes e inofensivos ante la saña de los vencedores chipioneros. Era la ley del vencedor.

Antes de almorzar, cuando la tarea de limpiar de cristales y trampas antipersona la playa de Regla había finalizado, los chipioneros fueron a buscar a sus familias al espeso pinar de la villa donde se habían refugiado. Juntos todos, fueron a rendir pleitesía y agradecer a la Virgen de Regla tan inesperada y necesaria victoria. Por la tarde un grupo de chipioneros, cansado pero felices y algo bebidos, fueron a Sanlúcar a anunciar la victoria del pueblo sobre los piratas, y a pedirles a los agustinos, no sin cierta guasa, que volvieran al convento de Santa María de Regla, pues ya no había peligro y estarían seguros. El pueblo había vencido sin la ayuda de los hombres de Dios. Éstos volvieron, en silencio y con la cabeza baja, y se encerraron de nuevo en su convento, a orar y desentrañar los misteriosos caminos del Señor mientras en Chipiona la gente bebía, bailaba y celebraba tamaña fecha inolvidable en la que unos piratas habían llegado a su tierra a expoliar y devastar y habían salido por patas, heridos, muertos y con el rabo entre las piernas.


Fin

sábado, 3 de mayo de 2008

Madrid, Dos de mayo, 1808


"El pueblo español, en masa, se comportó como un hombre de honor". Lo confesó Napoleón Bonaparte, el Emperador, en su ocaso en la isla de Santa Elena. Y así fue. No se luchó por la patria, ni por el rey, ni por la religión. No se luchó por grandes ideales, ni por la gloria, ni siquiera por la libertad. Se luchó por que no había más remedio. Se peleó, simple y llanamente, porque la gente estaba hasta los cojones de que invasores extranjeros se pasearan por su tierra con impunidad, alevosía y arrogancia. Se pueden decir muchas cosas que ocurrieron después, y que fueron consecuencias inevitables de aquel día, y de aquellas acciones.
Nació la nación moderna. Comenzó a vislumbrarse la trágica división entre la sangre y la razón, entre lo que un español es por nacimiento y lo que es por pensamiento. Pero aquel día, pelearon, mataron y murieron hombres, y mujeres, de honor. Que preferían la muerte antes que la sumisión. Gente indómita. Que despreciaron el miedo, acudiendo a la llamada de la tierra, de la sangre y del orgullo. Que sentían vergüenza por todo lo que los franceses hacían en su nación.

Porque, a pesar de las ideologías, de la razón y de otras consideraciones, todo hombre se debe a unos principios básicos irrenunciables: la sangre, la tierra y su honra.

Luego vino la Guerra, la derrota de las águilas imperiales de Bonaparte, y el eterno drama de la gloriosamente derrotada España. Pero aquel día, 2 de mayo de 1808, aquel día, ardió Troya. Que ningún español de bien olvide nunca esa fecha, ni a sus protagonistas. Que ningún español de bien olvide nunca todo lo que hay detrás de la nacionalidad que aparece en su DNI.

jueves, 1 de mayo de 2008

Un día glorioso, II


...


Los bajeles estaban acercándose cada vez más a las últimas lajas que conformaban la parte más lejana y profunda del corral. Los paisanos se distribuyeron en un número adecuado por entre las rocas, que les tapaban casi hasta la cabeza y les ofrecían numerosos salientes y portillos por donde apuntar y disparar. Ya podían ver las caras atezadas de los bucaneros de la Berbería, sudando atareados en las difíciles maniobras que debían ejecutar para no encallar en aquellas aguas peligrosas y poco profundas, plagadas de piedras y recovecos mortales. De pronto una voz surgió entre los paisanos, y todos a una se izaron sobre la pared del corral, apuntaron y en menos de un avemaría descargaron una linda granizada de arcabucería sobre las cubiertas de los tres barcos piratas, que prácticamente distaban del corral unos 20 metros o menos. Las caras de espanto de los marinos enemigos era indescriptible: no esperaban encontrar resistencia y muchísimo menos en aquel lugar tan insospechado. La aparición de una multitud de campesinos y marineros escondidos tras las rocas de aquellos corrales supuso toda una sorpresa, y bien que lo aprovecharon los chipioneros para cargar a la velocidad del rayo y volver a lanzar otra andanada de fuego que barrió otra vez las cubiertas de los piratas, dañando el velamen y haciendo saltar astillas por doquier, sin que los invasores pudieran hacer otra cosa que correr y esconderse. Los paisanos contaban con que los piratas no utilizarían sus escasos cañones contra un enemigo invisible y desperdigado. No malgastarían sus pocas balas estrellándolas contra muros de piedra y agua. Y efectivamente no lo hicieron.

Los tres bajeles, que hasta el momento habían navegado en compacta unidad, se fueron separando tras el primer arreón. El primero habían casi conseguido salir del ángulo de tiro de los corrales, aproximándose alarmantemente a la playa de Regla. El segundo, cuyo palo mayor estaba bastante dañado por un certerísimo tiro de la bombarda (la habían colocado a favor del viento y el tirador principal, que había servido en artillería durante algunos años, habían estado soberbio en el tiro) parecía tener dificultades para mantener el rumbo, y el tercero parecía haber tocado con la quilla en una roca y no avanzaba. Sobre él se centraron las sucesivas descargas de arcabuces, ballestas, arcos artesanos y piedras con honda de unos paisanos cada vez más entusiasmados. Los más temerarios incluso se habían subido en lo alto de las paredes de roca de los corrales y lanzaban a pecho descubierto sus artefactos. La tripulación del tercer barco, incapaz de devolver el fuego a causa de las numerosas pequeñas averías que les estaban causando en el casco la granizada chipionera y apenas sin poder asomar la cabeza por una cubierta que estaba siendo barrida, parecía haberse esfumado en las entrañas de su ligera nave.

-¡Raaaaaaaca, raaac, raac, raaaaaaaaaaaaaca! Zumbaban los proyectiles, virotes, pedruscos y cristales desde la primera línea de escollera del corral hacia los barcos. Se veían volar las astillas del maderamen del barco al impactar, humo, gritos ahogados, maldiciones y sangre.

Empezaron a volar las botellas llenas de aceite hirviendo, forraje y fuego, que las mujeres de la aldea habían estado elaborando cuidadosamente días antes. Desde la orilla iban llegando, como en una cadena larga de colaboración mutua y eficaz, nuevas municiones, nuevas armas con las que herir a poca distancia y nuevos pertrechos para los guerreros que se batían en primera línea. Arañándose con las piedras ostioneras, resbalando, con el agua por los tobillos y las ropas remangadas, campesinos, labradores, pastores, marineros y artesanos, defendían, inexpertos pero valerosos, su territorio de los invasores. Al contrario que todas las poblaciones vecinas, cuando ellos habían recibido el aviso de próximos ataques piratas en la zona, no habían renunciado a pelear, en lugar de marcharse y dejarles el campo (sus casas, sus fincas, sus tierras) libre a los piratas. Ni siquiera la comunidad de agustinos que residía en el convento de Santa María de Regla, adyacente al pueblo y donde se guardaba y veneraba a su santa patrona, habían confiado en ellos. Los habían tildado de locos, suicidas y temerarios, y se habían marchado a buscar refugio a Sanlúcar, donde estarían protegidos por fuertes muros y gruesa y preparada milicia. El pueblo les había negado la posibilidad de llevarse consigo a la Virgen, la cual, escondida en un improvisado altar en la casa del patrón principal de la marinería local, velaba por su pueblo que se batía a cara de perro en sus corrales, plantando cara a un enemigo voraz.

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jueves, 24 de abril de 2008

Un día glorioso, I


Salieron a la carrera, desde los cerros, engullendo a la velocidad del rayo los metros que los separaban de la orilla. Eran 93, todos vecinos de la villa, prácticamente todos los hombres en edad de combatir. Habían estado esperándolos durante toda la noche, relevándose en sus guardias a lo largo de la costa chipionera, desde Regla hasta Montijo. Desperdigados entre las dunas, apostados bajo las frondosas retamas, con los arcabuces y las viejas ballestas oxidadas a punto.

Chipiona llevaba varios días en alerta. Habían llegado rumores y noticias de ataques de piratas berberiscos a distintos puntos de la bahía de Cádiz. Las mujeres, los ancianos y los niños habían marchado rumbo al pinar, lejos de las playas, escondidos en chozas y cabañas temporales al abrigo de la espesura del bosque. Todo hombre con posibilidad de empuñar un arma llevaba días emboscado en el cordón dunar que protegía la villa. Y tras una tensa espera, por fin llegaron.

Eran tres bajeles berberiscos de vela latina, que aparecieron en el horizonte, hacia el este, al rayar el alba. La artillería de las naves, desde lejos, parecía menor, pero aun así, imponente. Las intenciones con que llegaban no hacía falta adivinarlas: entrar con poca gente pero profesional, asolar con lo que se pueda, saquear, destruir y matar a todo el que se ponga por delante, y huir tan rápido como se vino.Los paisanos llegaron chapoteando entre las lagunas del corral, y se apostaron todos contra las húmedas paredes de roca del mismo. Habían rezado mucho ante la Virgen de Regla para que los piratas berberiscos llegaran en días de bajamar, porque de lo contrario cualquier posibilidad de defensa y lucha hubiera quedado descartada, y sólo la evacuación total del pueblo los hubiera salvado del saqueo y la destrucción.

Los tres bajeles llegaron por donde tenían previsto, y los hombres se desplegaron según lo convenido. Sabían que estaban arriesgándose demasiado; la apuesta era muy alta y muy osada, pues hasta el momento ninguna villa se había atrevido a plantar cara a las incursiones esporádicas de los piratas de Berbería. Ellos se lo estaban jugando todo, habían apostado fuerte y estaban decididos a ganar.

Habían colocado una pequeña y vieja bombarda, que todavía funcionaba, en lo alto del cerro que coronaba la Punta del Perro, a la espalda del antiguo y destartalado faro. Cinco parroquianos, los más hábiles y diestros a la hora de apuntar y tirar, la manejarían. El objetivo era cubrir a los defensores de vanguardia, la primera línea, los valientes que iban a recibir a pie, arcabuz y mosqueta en mano, a los bajeles piratas, respaldados por las sólidas paredes de los corrales y el impreciso fuego de la bombarda situada más arriba.

El plan de batalla, ideado en tres noches de exaltación tabernaria en el garito que servía como centro de reunión social en la pequeña aldea de pescadores y campesinos que era Chipiona, consistía en aprovechar que los buques enemigos tenían que pasar forzosamente, debido a la jocosidad y complejidad de la rada del pueblo, justo por delante de los grandes corrales para llegar a la amplia playa de Regla, donde los piratas tendrían una gran cala para anclar y desembarcar. Los chipioneros debían aprovechar lo accidentado de la bahía y la posición de tiro tan excelente que les ofrecían las paredes de los corrales de pesquería para apostarse y acribillar a ballestazos, tiros de arcabuz y pedradas a los barcos, y provocarles el máximo daño posible. La bombarda era el complemento ideal (la habían sacado de la caseta del guardamarina, nadie había reparado en ella hasta que la amenaza de la incursión pirata había sido inminente): tenían balas contadas, de los tiradores dependía que los berberiscos llegaran a Regla con más o menos daño.

La otra parte era la más delicada, y la que implicaba a más gente. Todos sabían que el envite de los corrales tan sólo atrasarían a los bajeles enemigos, pero que éstos llegarían a la playa principal, y desembarcarían. Allí entraba la parte más sanguinaria y difícil del plan: habían sembrado, durante 3 días y sus respectivas noches, las arenas de la playa de Regla de trozos de cristales, vidrios, metales oxidados, pinchos, y cualquier objeto pinchante y contundente, creando una especie de campo minado que dificultase la llegada de los piratas a tierra firme. Como cubrir un espacio tan amplio era imposible, detrás de los cerros y de las retamas llenas de dunas esperarían a los invasores unos 50 paisanos armados con todo tipo de objetos hirientes: biergos, tridentes, hoces, martillos, guadañas, palos, lanzas, y cañas con navajas incorporadas a modo de bayonetas improvisadas, que, en el caso de que los piratas berberiscos lograran superar la arena sembrada de hirientes cristales.

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