jueves, 24 de abril de 2008

Un día glorioso, I


Salieron a la carrera, desde los cerros, engullendo a la velocidad del rayo los metros que los separaban de la orilla. Eran 93, todos vecinos de la villa, prácticamente todos los hombres en edad de combatir. Habían estado esperándolos durante toda la noche, relevándose en sus guardias a lo largo de la costa chipionera, desde Regla hasta Montijo. Desperdigados entre las dunas, apostados bajo las frondosas retamas, con los arcabuces y las viejas ballestas oxidadas a punto.

Chipiona llevaba varios días en alerta. Habían llegado rumores y noticias de ataques de piratas berberiscos a distintos puntos de la bahía de Cádiz. Las mujeres, los ancianos y los niños habían marchado rumbo al pinar, lejos de las playas, escondidos en chozas y cabañas temporales al abrigo de la espesura del bosque. Todo hombre con posibilidad de empuñar un arma llevaba días emboscado en el cordón dunar que protegía la villa. Y tras una tensa espera, por fin llegaron.

Eran tres bajeles berberiscos de vela latina, que aparecieron en el horizonte, hacia el este, al rayar el alba. La artillería de las naves, desde lejos, parecía menor, pero aun así, imponente. Las intenciones con que llegaban no hacía falta adivinarlas: entrar con poca gente pero profesional, asolar con lo que se pueda, saquear, destruir y matar a todo el que se ponga por delante, y huir tan rápido como se vino.Los paisanos llegaron chapoteando entre las lagunas del corral, y se apostaron todos contra las húmedas paredes de roca del mismo. Habían rezado mucho ante la Virgen de Regla para que los piratas berberiscos llegaran en días de bajamar, porque de lo contrario cualquier posibilidad de defensa y lucha hubiera quedado descartada, y sólo la evacuación total del pueblo los hubiera salvado del saqueo y la destrucción.

Los tres bajeles llegaron por donde tenían previsto, y los hombres se desplegaron según lo convenido. Sabían que estaban arriesgándose demasiado; la apuesta era muy alta y muy osada, pues hasta el momento ninguna villa se había atrevido a plantar cara a las incursiones esporádicas de los piratas de Berbería. Ellos se lo estaban jugando todo, habían apostado fuerte y estaban decididos a ganar.

Habían colocado una pequeña y vieja bombarda, que todavía funcionaba, en lo alto del cerro que coronaba la Punta del Perro, a la espalda del antiguo y destartalado faro. Cinco parroquianos, los más hábiles y diestros a la hora de apuntar y tirar, la manejarían. El objetivo era cubrir a los defensores de vanguardia, la primera línea, los valientes que iban a recibir a pie, arcabuz y mosqueta en mano, a los bajeles piratas, respaldados por las sólidas paredes de los corrales y el impreciso fuego de la bombarda situada más arriba.

El plan de batalla, ideado en tres noches de exaltación tabernaria en el garito que servía como centro de reunión social en la pequeña aldea de pescadores y campesinos que era Chipiona, consistía en aprovechar que los buques enemigos tenían que pasar forzosamente, debido a la jocosidad y complejidad de la rada del pueblo, justo por delante de los grandes corrales para llegar a la amplia playa de Regla, donde los piratas tendrían una gran cala para anclar y desembarcar. Los chipioneros debían aprovechar lo accidentado de la bahía y la posición de tiro tan excelente que les ofrecían las paredes de los corrales de pesquería para apostarse y acribillar a ballestazos, tiros de arcabuz y pedradas a los barcos, y provocarles el máximo daño posible. La bombarda era el complemento ideal (la habían sacado de la caseta del guardamarina, nadie había reparado en ella hasta que la amenaza de la incursión pirata había sido inminente): tenían balas contadas, de los tiradores dependía que los berberiscos llegaran a Regla con más o menos daño.

La otra parte era la más delicada, y la que implicaba a más gente. Todos sabían que el envite de los corrales tan sólo atrasarían a los bajeles enemigos, pero que éstos llegarían a la playa principal, y desembarcarían. Allí entraba la parte más sanguinaria y difícil del plan: habían sembrado, durante 3 días y sus respectivas noches, las arenas de la playa de Regla de trozos de cristales, vidrios, metales oxidados, pinchos, y cualquier objeto pinchante y contundente, creando una especie de campo minado que dificultase la llegada de los piratas a tierra firme. Como cubrir un espacio tan amplio era imposible, detrás de los cerros y de las retamas llenas de dunas esperarían a los invasores unos 50 paisanos armados con todo tipo de objetos hirientes: biergos, tridentes, hoces, martillos, guadañas, palos, lanzas, y cañas con navajas incorporadas a modo de bayonetas improvisadas, que, en el caso de que los piratas berberiscos lograran superar la arena sembrada de hirientes cristales.

...

jueves, 17 de abril de 2008

Océano


Océano bravío, furibundo en las noches de vendaval en marzo. Atlántico, feroz, iracundo mar, portentoso tridente de Neptuno que se eleva insaciable sobre las arenas y engulle la playa. Atlántico colosal, que se eleva en las tardes tempestuosas del gris otoño y amenaza con fenomenales rugidos a un pueblo durmiente y sobrecogido.

Océano imponente en su recogimiento vespertino, cuando el sol riela su luz sobre las aguas tranquilas, trazando un sendero desde la orilla al infinito. Atlántico apacible, misterioso y sugestivo. Luminoso en las noches de verano. Guardián de Chipiona, dorado y salíneo en el estío caluroso, azul, frío y gélido en el invierno cerrado y húmedo.

Océano divino, atalaya desde la que contemplar el rincón arenoso donde los antiguos creían que descansaba el tartésico Argantonio. Los romanos te arrendaron parcelas de roca dura y ostionera en las que construir corrales eternos que legar a Chipiona y crear el arte inmemorial de la pesquería. Corrales que inundas tú, océano prodigioso, para dejarlo preñado de peces con los que alimentar al hambriento; corrales que son fortines con los que defenderse a ballestazos de los piratas venidos de la Berbería para robarte tus frutos.

Mar Océana portentosa, que en tu seno albergaste las naves que descubrieron un Nuevo Mundo, abrigando el manantial continuo de oro y plata. Como hormigas lejanas y laboriosas, podían contemplarse la magna flota desde tus orillas, frente a la barra de Sanlúcar, con el rumor sereno y tranquilizador de la marea muriendo frente a Chipiona.

Océano duro y trágico, que tantas vidas segaste, tantos buques hundiste, tanto oro enterraste en tus tinieblas, en cobro por tu contribución al florecimiento de tantas civilizaciones que encontraron cobijo frente a tus aguas.

Océano idílico, donde me zambullo y nado libre en los mediodías intemporales de agosto, cuando me sumerjo y veo el cielo a través de tu atlántico cristal opaco y burbujeante, en las profundidades abisales de la eternidad, y me reencuentro, naciendo de nuevo cada vez que me fundo con tus aguas cuando me abrazan.

Océano furioso que se viste de acero cuando el cielo plomizo descarga la lluvia estival, y su superficie refleja las nubes grises, británicas, que convierten el baño en una fiesta del agua, la que está y la que cae, la que viene y va y la que riega la tierra desde los altares olímpicos.

Océano, mar tenebroso, frontera secular entre lo conocido y lo ignoto. Cueva de dragones, hipogrifos y bestias fantásticas que ningún cristiano se atrevió a cruzar hasta que el genovés que partió para llevar al mundo hacia el otro lado de tu laguna de tinieblas y centellas oscuras.

Océano cálido que entierra mis pies en la arena orillada por las olas que van a morir a mí, queriéndome llevar, queriéndome arrastrar hacia la profundidad de su grandeza.

Océano inabarcable, cuya brisa me empuja en la carrera alegre sin rumbo que emprendo por la espumosa orilla, donde a veces me revuelco, feliz, entre la arena, la sal y las olas que mecen mi cuerpo. El salitre que impregna mi piel me identifica, habla a gritos callados sobre mi origen, mientras el sol a mi espalda me acompaña siempre, allá donde esté, porque siempre iré hacia el mismo sitio: hacia el final de las playas de Chipiona, allí donde la Cuba ruge en las pleamares nocturnas e implacables, donde se pierde la razón y vence el misterio y la leyenda de esta tierra ancestral que no sabe si es mar o arena, espuma o retamas, dunas o sal.

Océano protector, que dibuja con su pincel el contorno de mi pueblo, que embate sus muros en Regla y desgasta la piedra de las Canteras; que entra en forma de lenguas imperiosas hasta la Pañoleta, queriendo ver la Parroquia y la plazita de la Iglesia en las noches solitarias de los inviernos fríos; que deja recodos donde pintar un atardecer y se calma, con poesía y lírica, para recibir a la Virgen morena cada 8 de septiembre con su faz más dorada, serena y humilde.

Océano Atlántico, gestor de vida, juez letal, horizonte eterno que vigila, cuida y lame las orillas de este pueblo mío, que tiene en ti su razón de ser y de existencia.


viernes, 11 de abril de 2008

La soledad del derrotado


El jugador se queda quieto, plantado en mitad del área, con la mirada perdida y el rostro desencajado. Se lleva las manos a la cabeza, se estira la camiseta. Se limpia la cara, tuerce el gesto, mira al cielo, implorándole a la nada. Él no controla sus gestos porque su mente no está allí. Mira a un lado, mira al otro, busca refugio, consuelo. A su alrededor todo es alegría de los rivales, o llanto de los suyos. Todos evitan mirarlo, compasivos pero con la llama de la desesperanza ardiéndoles dentro de sí. Para él, la llama no es tal sino fuego destructor que nace en las entrañas y asciende hasta la cabeza, y parece querer hacerla estallar.

Ha fallado el penalti decisivo. El gol crucial que les iba a dar el ansiado título, el pase a la final deseada, evitar la tragedia del descenso. Todos estaban pendientes de él. Miles de corazones dejaron de latir durante un segundo, esperando su lanzamiento, su acción, su parada. El trabajo de años, la lucha diaria, la pelea, el esfuerzo y el sacrificio de un club, de una afición, de unos técnicos y de unos compañeros estuvo, durante una fracción de tiempo, en las botas del líder del equipo, en las piernas del elegido para la gloria, en los guantes del cancerbero en el que todos confiaban. Y él falló.

La soledad azota la figura inerme del derrotado. Lanzó arriba, al cielo, al centro, al poste, a las manos del portero, el penalti soñado. Metió la pierna y derribó al contrario justo cuando no debía, en el momento menos indicado, dentro del área, y el árbitro señaló la pena máxima. Erró en el pase, se la dio al rival, y éste marcó. Calculó mal el salto y el delantero contrario se adelantó. Falló un blocaje fácil y la pelota, como caja redonda que contenía la vida, los sueños y las aspiraciones de miles de personas, se escurrió por entre sus piernas, a las redes, sin que él nada pudiera hacer.

Tirado entre las mallas de su propia portería, de rodillas ante el punto de penalti fatídico, fijando la vista en puntos indeterminados, sin ver. Lamenta, con una letanía angustiosa, su mala fortuna, su fallo. Jura y perjura que él estaba preparado pero marró en el momento en que todos esperaban su acierto. Sabe que algo, en lo más hondo de su ser, ha reventado, y que el daño que se ha cometido a sí mismo es algo irreparable.

No podrá volver atrás en el tiempo, porque no hay máquina capacitada para ello. No podrá cambiar el ángulo y la fuerza de su disparo, ni afirmar mejor antes de tirarse a por la pelota decisiva. No podrá volver atrás, y desde ese preciso instante en el que las lágrimas afloran a sus ojos cuando observa a los rivales festejar el triunfo que él tuvo en su mano, deberá cargar con la culpa, el oprobio y la vergüenza de ser el que falló el penalti o pifió un despeje fácil que conllevó la derrota de su equipo en la más alta cita con la gloria y la fama.

Gloria y fama que le serán negadas para siempre, porque él no sabe, ni puede llegar a atisbar desde su dramática posición, si volverá a tener otra como esa para redimirse. Posiblemente el destino no le depare ninguna más. La impotencia, el trágico sentimiento de culpa, la frustración y la desesperanza le arden en las venas, lo van consumiendo poco a poco. Siente, allí tirado junto a la portería maldita mientras sus compañeros van a buscarlo y consolarlo, siente como si un globo invisible fuera hinchándose en su pecho y le hirvieran los dedos, la frente y la barriga, de impotencia, de resignación y de coraje.

Recoge la medalla de plata, y se la quita. No la quiere ver, no quiere tocarla, le quema tanto como el recuerdo del penalti fallado, de la parada errada. La plata es amarga, sabe agrio. La plata del subcampeón, que constituye y constituirá siempre el recuerdo imborrable de la tragedia de la que una vez él fue protagonista y actor principal. Culpable. Ve cómo el rival festeja, levanta el hermoso trofeo, lo pasea, ríen, lloran de felicidad, y a él las lágrimas empiezan a correrle por las mejillas, imposibles de contener. Sus compañeros lo miran, un poco más calmados, le dan ánimos, lo abrazan, le palmean la espalda. Todos están jodidos, pero nadie puede llegar a comprender cómo lo siente él. La responsabilidad máxima de una ciudad, de un pueblo, de un país, de una afición, de unos futbolistas y de unos compañeros, estaban en sus botas, en sus manos, y el falló.

El miedo más grande que él tenía, el miedo al fracaso, a la derrota, al error, se plasmó justo en ese momento. Su mente vuela de nuevo hacia el instante en que metió la pierna cuando no debía, en que derribó al contrario provocando el penalti que los dejaría fuera de la gloria eterna. Fuera de la Historia. Quizás mañana él comience a aceptar la derrota, a digerirla. Pero ahora es imposible. Ahora no puede ni articular palabra.

Caminando con la cabeza baja, rumbo a los vestuarios, levanta la vista y observa su grada. Miles de niños, de adultos, de mujeres, de personas que llevan la camiseta de su club, con su número y su nombre a la espalda, lo miran con ojos llorosos. Algunos lloran desconsolados, otros se abrazan, se dan ánimos. Otros, muchos, lo ven y comienzan a corear su nombre, levantándose del suelo de la miserable derrota y jaleando, una vez más. Pero eso supone otro mazazo para él, que camina aún más dolorido, maltrecho, roto, con la medalla de plata del subcampeón en la mano, rumbo a la ducha, rumbo al olvido. Porque él sabe perfectamente que la Historia recuerda a los vencedores, a los campeones. De los que perdieron nadie se acuerda, son un número más, un dato frío en las estadísticas del que nadie hablará pasados unos años.

No quiere ver, ni oír a sus aficionados. Sus caras de tristeza son para él lanzadas llenas del veneno de la frustración, directas al corazón. Se demorará en la ducha, y mientras el agua caiga a plomo sobre su cabeza y lo purifique, los restos de la batalla seguirán sonando como ecos inextinguibles en su cabeza. Seguirá tirando, una y otra vez, el puto penalti fallado. Seguirá resbalándose el balón de sus manos, y él seguirá su trayectoria, una y otra vez, con la mirada desesperada, sin poderlo atrapar, ni hacer nada para evitar una derrota que ya es inevitable, un fallo que le marcará de por vida.

Quizá la vida le depare una segunda oportunidad. Quizá mañana encuentre las fuerzas necesarias para continuar trabajando; el estímulo, el picor, aquello que lo haga levantar y pelear para que el fútbol le devuelva, otra vez, a ese punto de penalti. Para que la vida lo coloque otra vez en esos once metros, con el balón en los pies. Para no fallarlo. Para rebañarle la pelota al delantero rival sin hacerle falta penal, y para atajar con contundencia y seguridad esa pelota llovida del cielo en el último minuto.

Para resucitar como el ave fénix.
Para el Pato Abbondanzieri, para Kolo Touré, para Román Riquelme, para Joaquín, para Raúl, para Figo y para tantos otros que fallaron cuando no debían. Aguante, carajo.

martes, 8 de abril de 2008

Los últimos leones del Imperio


Definitivamente, tras ver, conocer y observar a muchas personas y sus actitudes, he llegado a la conclusión de que debo ser un bicho raro. Un freak, que llamarían ahora, aunque esa palabra resulta una simplificación demasiado genérica y superficial que viene de perlas en la sociedad en que vivimos. Como mucha gente, uno tiene sus querencias, sus manías y sus gustos personales, basados comúnmente en principios y aptitudes íntimas. Hay gente que tiene un reglamento con el que guiarse en la vida, y yo intento tener el mío. Una guía, una base, unos cimientos, unas reglas sobre las que edificar la propia personalidad. Sé que es bastante complicado ser coherente con uno mismo y con las propias normas, porque las circunstancias de la vida ponen a cada persona en filos demasiado ambiguos sobre los que moverse. No siempre se puede elegir. Pero yo pienso que, precisamente por esto, tener unas propias normas ayuda a decidir en según qué momentos. Este reglamento vital responde a cuestiones demasiado intricadas y enigmáticas, porque cada uno elige el suyo y muchas veces es difícil hasta para uno mismo explicarse el porqué. Y sobre todo, yo creo que el reglamento vital ayuda a definirse, consolarse o legitimarse ante uno mismo. A fin de cuentas uno es su principal juez. Los pensamientos y las opiniones sirven para reflejar una imagen determinada de cara a la galería; los actos sirven para definirse ante los demás y sobre todo ante uno mismo. Y tener unas normas siempre ayuda.

Por todo esto, creo que determinadas manías parten de este reglamento vital. Y una querencia mía es recordar. O más concretamente, rememorar, no olvidar, honrar episodios y héroes del pasado de mi Patria. Algo diferente, lo sé, para nada frecuente por estos tiempos de descaro, ineptitud, desidia, olvido, manipulación, ignorancia y analfabetismo que corren. Por eso hoy me ha dado por recordar a unos valientes que se jugaron los cuartos en las antípodas de su hogar, solos, desvalidos, olvidados e ignorantes de su situación real, cumpliendo con las órdenes que recibieron de unas autoridades que los olvidaron miserablemente mientras ellos luchaban por algo que ya no existía. Los últimos de Filipinas.

Desde el 1 de julio de 1898 hasta el 2 de junio de 1899, 50 soldados españoles al mando del teniente Saturnino Martín Cerezo resistieron de manera heroica el sitio al que fueron sometidos por tropas insurgentes filipinas en el que es considerado como último episodio de la triste Guerra Hispano-Estadounidense tras la cual España perdió sus últimos territorios ultramarinos, Cuba y Filipinas, a favor de la emergente potencia americana. Tras la derrota española en Cavite, por la cual perdía el dominio de Filipinas, la armada española era derrotada en la Batalla de Santiago de Cuba, perdiendo así ésta isla y los restos del antiguo imperio.

Pero el batallón español llevaba acampado en Baler, una pequeña aldea de la isla de Luzón, cerca de Manila, desde mayo, prácticamente incomunicado desde el primer día por la hostilidad creciente de los nativos filipinos que los obligaron a refugiarse en la iglesia del pueblo y convertirla en su cuartel y trinchera. Con lo cual, las noticias acerca de las rendiciones y derrotas del ejército español contra los EEUU les llegaban difusas, distorsionadas y poco creíbles. Aislados del mundo, sin saber que su gobierno los había abandonado a su suerte, el teniente Cerezo y sus conmilitones defendieron durante 337 días la bandera de la Patria en el destino que les había sido asignado, cumpliendo las órdenes recibidas y manteniendo la llama del honor y el orgullo del ejército español, sin saber que aquella vetusta y putrefacta iglesia era el último reducto que le quedaba al viejo y desgastado imperio donde nunca se ponía el sol.

Desconfiando de las noticias que les llegaban desde las tropas filipinas, ignorantes de la nueva contienda entre EEUU y la recién instaurada república filipina por el control del archipiélago, diezmados por el hambre, la escasez, el beri-beri que no cesaba de llevarse vidas españolas y el miedo, los hombres de Martín Cerezo resistieron tenazmente asaltos, granizadas de artillería enemiga y emboscadas. Confinados en el ruinoso templo de aquella aldea abandonada de la mano de Dios llamada Baler, lucharon no sólo contra las tropas enemigas, sino contra el miedo, el temor a las represalias, la desesperanza, las epidemias, la falta de higiene y la sospecha de que las nuevas sobre rendiciones y triunfos del enemigo no eran del todo inciertas. Sin poder salir al exterior para recabar más información fiable, el teniente Martín Cerezo tuvo que recomponer y guiar a una tropa exhausta, cansada de pelear contra un enemigo invisible que se refugiaba en la espesa maleza de la selva circundante. Durante el asedio, los españoles tuvieron que hacer frente a las bajas por disentería y beri-beri que mermaban sus fuerzas con cuentagotas; las deserciones de los más débiles y desesperados; la soledad del alejamiento; los cebollazos de la artillería tagala y el hacinamiento insalubre.

Pelearon cada palmo de aquella iglesia. Rechazaron cada petición de rendición con aquella altanería y arrogancia que les daba el orgullo de pertenecer a una raza que había construido y mantenido, durante 400 años, el mayor imperio que habían visto los siglos, solos y contra todos. Sólo la obcecación de una tropa analfabeta y contumaz, y la hidalguía de unos hombres que preferían la muerte antes que el deshonor de la rendición y la vergüenza de ver los estandartes patrios en manos del enemigo, consiguieron completar la proeza.

Después de rechazar asalto tras asalto y de hacer pequeñas incursiones en el pueblo para pertrecharse de víveres y munición, el teniente Martín Cerezo resolvió, tras contemplar incrédulo una noticia en un periódico que lograron conseguir del enemigo de cuya veracidad no dudaba, presentar una rendición honrosa. Se había convencido. En marzo de 1899 España había firmado, en París, el Tratado mediante el cual reconocía la soberanía estadounidense sobre Cuba y Filipinas. El viejo imperio se había desmoronado; se completaba el “desastre del 98”. El viejo y cansado león hispano se hacía a un lado, roto, herido y desposeído. Los 28 soldados, 1 teniente de artillería, 1 teniente médico, 2 cabos y un trompeta, arriaban la agujereada y chamuscada bandera rojigualda del destrozado campanario de la iglesia de Baler, y tras presentar la rendición a las tropas filipinas de Aguinaldo "En Baler a 2 de junio de 1899, reunidos jefes y oficiales españoles y filipinos, transigieron en las siguientes condiciones: Primera: Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes. Segunda: los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos del gobierno español; Tercera: La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españoles o lugar seguro para poderse incorporar a ellas; Cuarta: Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas". Embarcaron, rumbo a España, con el respeto de una comunidad internacional asombrada y la reverencia y protección de una república filipina contra la que había combatido pero que les reconocía, al final, su valor, su estoicismo y su proeza.

Está bien, de vez en cuando, recordar este tipo de cosas que ahora no interesan a nadie. Pero para mí, que sé quién soy, de dónde vengo y cuál es la memoria genética de la raza cuya sangre circula por mis venas, estos hechos constituyen dos cosas: la prueba evidente de la necedad, incompetencia y mala leche secular del país donde vivo, y la mayor prueba de hidalguía que, paradójicamente, este mismo pueblo al que pertenezco es capaz de demostrar, como así atestigua la Historia. Unos hombres, vendidos por su propio gobierno y autoridades, olvidados por sus propios compatriotas, combatieron durante casi un año solos, aislados, hambrientos y en unas condiciones deplorables, porque ése era su deber, ni más ni menos. Para con España, para con sus paisanos, y para con ellos mismos. Es fácil ponerse en el lugar del teniente Martín Cerezo, y es fácil también adivinar la sonrisa amarga, lúcidamente agria y resignada que esbozaría su rostro curtido y ajado por el sol tropical cuando, tras pensar y creer firmemente que “nunca un ejército evacuaba un territorio abandonando a tropas comprometidas en acción de guerra” al ver que, efectivamente, habían peleado, sufrido y muerto por nada. Y más fácil aún es intuir la desesperanza que embargaría a los héroes al comprobar que, al volver a su Patria, nadie les reconocía sus méritos, y muchos de ellos acabarían sus días mendigando en pórticos de iglesias, muriendo olvidados y sin honor.

Aquella iglesia de Baler, aquella parcela de terreno húmedo, cenagoso y tropical de la isla de Luzón, al lado de Manila, fue, durante un año, el bastión definitivo, el pedazo de tierra defendido a sangre y fuego sobre el que siguió ondeando la bandera de Castilla y León mucho tiempo después de que el imperio donde no se ponía el sol, el imperio de Isabel y Fernando, de Carlos y Felipe, de los Colón, los Pinzones, de Pizarro y Cortés, de Orellana, Valdivia, Lope de Balboa y Elcano, hubiera caído. Los restos de una nación que había subyugado al mundo, descubierto un nuevo continente y abierto minas de oro, plata y culturas, siguieron ondeando en esa bandera rota, deshilachada y ennegrecida, durante casi un año después de su extinción, como el pollo descabezado que sigue corriendo con la inercia que le da la sangre que aún vive. Aquellos hombres fueron la sangre, honesta, cumplidora, leal hasta el final. Hasta que no quedara nada, ni nadie. Hombres abandonados por unas autoridades inútiles e ineficaces, víctimas del retraso y cerrazón de una nación reaccionaria, cerrada en sí misma, oxidada y que colgaba todavía de los andamios del catolicismo más recalcitrante y oscuro, el tradicionalismo y el subdesarrollo material y espiritual más degradante. La misma Patria que aún creía vivir en unos tiempos que había pasado hacía siglos, y que combatía con buques de madera frente a poderosas armadas de acorazadas y modernas. La desgracia de una nación trágica, encarnada en aquellos valientes, que lucharon, murieron y sobrevivieron en Baler, en aquella iglesia (no podía ser de otra manera) luchando con la dignidad y el valor de los vencidos, por decencia, y porque quedaba feo y deshonroso entregar unas insignias y volver a España con la cabeza baja. Los últimos de Filipinas.

Valga este modestísimo homenaje a estos tamaños héroes de la nación española. En un país donde se veneran, se nombran calles, plazas y parques a padres de patrias ficticias, a Blas Infante, Luís Companys, Sabino Arana y similares personajes, que sirvan estas líneas como tributo y llama perpetua para los hombres de honor que defendieron la bandera de España en la iglesia de Baler durante 337 días sin esperanza, ayuda ni gloria.

viernes, 4 de abril de 2008

Plus ultra


Juan Rodríguez Bermejo, conocido por todos en la expedición como Rodrigo de Triana, acababa de acomodarse en el puesto de vigía de La Pinta cuando una extraña sombra en el horizonte lo sobresaltó. Trató de matar un bostezo prolongado y de aclararse la vista para observar mejor aquello. Eran las dos de la madrugadadel día 12 de octubre de 1492, sesenta y nueve días después de haber zarpado de España.

El sevillano, oriundo de Los Molinos, se colocó el catalejo en su ojo derecho y lo ajustó debidamente. Tras unos segundos de espera, soltó una exclamación de júbilo que resonó en toda la cubierta del silencioso barco. No podía ser. Tenía que estar seguro de que lo que estaba viendo era cierto. Se ajustó de nuevo el catalejo en su ojo y volvió a mirar para cerciorarse. Instantes después, ya no tenía dudas. La delgada línea brumosa que su fina vista divisaba desde el puesto de vigía de La Pinta era, sin lugar a dudas, una estrecha franja de tierra. Enseguida llenó de aire sus pulmones y su gritó se oyó como un ansiado trueno en mitad de la noche atlántica:

-¡Tierra!

De repente, desde los restantes puestos de vigilancia de las otras dos naves, los vigías repetían como un eco sinfónico la palabra que todos habían esperado desde hacía tres meses:

-¡Tierra! ¡Tierra a la vista!

Las cubiertas de La Niña, La Pinta y La Santa María se llenaron de marineros que, tras comprobar por boca de sus compañeros la buena nueva, saltaban, brincaban y chillaban de júbilo por toda la cubierta de las carabelas. Los hombres se arrodillaban en la madera de los barcos y daban gracias al cielo y a Dios. Otros descorchaban las escasas botellas de vino que quedaban en las bodegas. De todas partes se oían cánticos de jolgorio y alegría. El Almirante, tras comprobar concienzudamente con su catalejo que la franja de tierra se hacía cada vez más visible, sonrió y besó, discretamente, su medalla de la Virgen que siempre llevaba consigo. Los hermanos Pinzón, después de haber llegado en chalupa a la nao capitana desde sus barcos y tras haber conversado con el Almirante de la Mar Océana, ordenaban a los marineros que disparasen las lombardas. Con el ruido y el olor de la pólvora de las salves, algunos marineros se quedaron mirando a aquel genovés extraño y misterioso. Habían estado a punto de amotinarse contra él y tomar por la fuerza el control de la expedición, días atrás, cuando habían caído presa de la agitación y la desesperación por la escasez de víveres y la falta de resultados del viaje. Ninguno de ellos había navegado tanto tiempo sin divisar tierra. Pero ahora admiraban a aquel loco, Cristóbal Colón, que los había llevado, cumpliendo su palabra, a tierra firme.

Ajeno a la algarabía de sus hombres, y ya en su camarote, Cristóbal Colón no podía dejar de pensar en la Divina Providencia que le había puesto en su camino aquella tierra y que le había dado la oportunidad de lograr su propósito. Durante algún tiempo había llegado incluso a dudar de sí mismo y de su proyecto. Oía las murmuraciones de la marinería y, aunque tenía por seguro el apoyo de los Pinzones, le inquietaba la posibilidad de estar en un error. Se había jugado mucho, el todo por el todo, en este descabellado proyecto. Había convencido a unos reyes que acababan de conquistar Granada a los moros, después de una Reconquista de casi 800 años, y reunificar su reino para que le apoyasen en su idea de llegar a Oriente por el oeste, sin tener que doblar el cabo de Buena Esperanza ni tener que vérselas con el Turco en Costantinopla. Muchos lo habían tildado de loco. Cruzar el Mar Tenebroso.....ningún cristiano había osado adentrarse en el Atlántico más allá de las Azores. Sin embargo él sabía que había algo más. Sabía que había una tierra inmensa y fabulosa detrás de las tinieblas del océano, y él, Cristóbal Colón, iba a conquistar la gloria de su descubrimiento. Se corrigió cuando miraba por la ventana de su camarote. Ya la había conquistado.

Por la mañana, apenas el sol despuntó, el Almirante ordenó anclar muy cerca de lo que se descubrió una exhuberante bahía paradisíaca. Cuando Colón descendió a la playa junto a un grupo escogido de marineros, entre los que estaban los Pinzones, los españoles se asombraron ante la visión de un paisaje propio del edén. Recorrieron la luminosa playa de arena muy fina y blanquísima, llengado a un cerro preñado de exóticas y ladeadas palmeras y cocoteros. Allí se encontraron con un amplio grupo de indígenas, nativos de la isla que ellos llamaban Guanahaní. El Almirante de la Mar Océana parlamentó amistosamente con los indios, se intercambiaron regalos y bienes y se impresionaron los indígenas con los enormes "castillos flotantes" de los castellanos. Éstos, a su vez, se asombraron de la calidez del lugar y de la singularidad de sus gentes. Aquellos osados aventureros españoles y los tímidos y educados nativos sólo podían intuir que aquel era el fascinante y mágico momento en el que dos civilizaciones separadas por miles de leguas de océano y tierra se daban la mano por primera vez.

Delante de los indios, el Almirante hizo leer las prerrogativas por las cuales él era investido, en cumplimiento de lo acordado con Isabel y Fernando de Castilla y Aragón en las Capitulaciones de Santa Fe, Almirante de la Mar Océana y gobernador de todos los territorios por descubrir, él, y sus herederos. Allí mismo, en el mismo cerro luminoso, junto a la paradisíaca playa, hizo alzar el pendón de los Reyes de Castilla y Aragón, junto al estandarte con la cruz verde y las iniciales F e Y. Tomó posesión de la isla para el Reino de Castilla y la rebautizó con el nombre de San Salvador. A partir de ahí, todo es Historia. Nuestra Historia.

515 años después, sirva esto como modesto homenaje a unos hombres que desafiaron a toda lógica y realizaron la mayor empresa descubridora jamás conseguida. Descubrieron un Nuevo Mundo, poniendo a disposición de Europa un territorio inexplorado, salvaje, fabuloso y rico, y abrieron la puerta de la gloria y la fama a hombres valientes y atrevidos, que, ávidos de oro y fortuna, abandonaron una vida sin futuro ni esperanza para cruzar el tenebroso océano y buscar la gloria. Derribaron imperios milenarios, exploraron selvas y ríos anchos como la mar, atravesaron desiertos, cruzaron cordilleras nevadas, conquistaron, arrasaron, descubrieron, evangelizaron y se mezclaron con los nativos, convirtieron a España en un inmenso y vasto imperio donde nunca se ponía el sol y, sobre todo, expandieron la cultura y las costumbres de nuestro país por un fascinante Nuevo Mundo.